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sábado, 2 de julio de 2016

¿Cómo enseñar a los hijos a ser agradecidos?

El valor de la gratitud se ha ido perdiendo en sociedades que han desechado la cortesía y la amabilidad en lo formal y que sustituyen generosidad por narcisismo en lo material. Sin embargo, aprender a dar las gracias por lo que somos, tenemos y nos rodea, no solo genera un mejor ambiente a nuestro alrededor, sino que nos hace más felices.
Ayudar a nuestros hijos en el camino de la gratitud es el objetivo que se proponen Jeffrey J. Froh y Giacomo Bono enEducar en la gratitud (Palabra, 2016). Te presentamos una síntesis en diez claves de los pasos que tenemos que seguir para lograrlo.
  1. Que educar en la gratitud sea una prioridad
De todas las cuestiones, esta es la más importante. Si no conviertes en una prioridad que tu hijo sea más agradecido, no avanzará en este campo. Todos recibimos numerosos estímulos que nos empujan en un millón de direcciones y, en el ajetreo cotidiano, es fácil perder de vista lo importante. Pero algo se puede hacer. ¿Cuál es la solución? Poner primero las cosas que importan.
  1. Enseña la gratitud y da ejemplo
Nuestros hijos quieren ser como nosotros. Por lo tanto, deberás habituarte a adoptar el estilo lingüístico específico de las personas agradecidas, que tienden a usar términos como ‘dones’, ‘suerte’, ‘abundancia’ o ‘apoyo’. Además, tienen que ver en nosotros pequeños gestos de agradecimiento a los demás: una carta o una llamada a quien nos ha echado una mano, una invitación a comer a los que nos ayudan.
  1. Pasa tiempo con tus hijos
A los niños, e incluso a los adolescentes −aunque a veces parezca mentira−, les gusta estar con sus padres. Uno de los mayores regalos que les puedes hacer es tu tiempo. La calidad del tiempo importa, pero la cantidad también. Mientras estás con tu hijo, compórtate como si fuera la última vez que compartes un rato con él.
  1. Ocúpate de tus hijos cuando estés con ellos
Aunque llevar a tus hijos al parque es un gran modo de reforzar vuestros vínculos, es muy importante que estés totalmente presente –tanto física como mentalmente– en los ratos que compartes con ellos. Eso significa evitar todas las distracciones, incluido el teléfono. Cuando empieces a distraerte –es normal que te pase–, vuelve al aquí y al ahora y céntrate de nuevo.
  1. Apoya la autonomía de tus hijos
La disciplina inductiva -enseñar a los niños a aceptar las responsabilidades de sus actos- apoya la autonomía porque muestra a los niños que su comportamiento afecta a los demás, y les ayuda a comprender las razones por las que deberían tratar a otros con respeto. Entonces es cuando la gratitud se vuelve realmente importante, a medida que los chicos hacen elecciones cada vez más relevantes, con efectos duraderos en su carácter y en la trayectoria de su vida.
  1. Usa las cualidades de los niños para alimentar su gratitud
Las cualidades del carácter son las virtudes o buenos hábitos que queremos que tengan nuestros hijos. Conocer y usar sus cualidades permite a un niño identificar sus intereses y perfeccionar sus habilidades. Cuando hayas identificado sus diez cualidades más destacadas y conozcas su perfil único, anímale a que las utilice siempre que sea posible. Esto le permitirá́ ser cada vez más servicial y colaborar con los demás, lo que le hará más agradecido.
  1. Ayuda a los chicos a centrarse en las metas intrínsecas
Es fácil para las personas, especialmente para los más jóvenes, ir detrás de objetivos extrínsecos o materialistas, metas como la riqueza, el estatus y la imagen. Pero suele llevar a interacciones sociales menos satisfactorias y a perspectivas que impiden las relaciones profundas con los demás y una auténtica gratitud. Nuestra misión consiste en disuadirles de ir detrás de metas extrínsecas y orientarles hacia objetivos intrínsecos, como las relaciones con la sociedad, su pertenencia a una familia y su desarrollo como personas.
  1. Anímales a ser generosos y a ayudar a los demás
Cuando echan una mano, especialmente cuando usan sus cualidades más destacadas, se sienten más cercanos a los que están ayudando. Ser generosos les hace más agradecidos por dos motivos. Primero, porque cuanto más ayuden a los demás más aprenderán sobre lo que requiere ser amables y podrán agradecerlo cuando les devuelven algún favor. En segundo lugar, porque esto les permite construir relaciones más sanas en las que se pueden apoyar, indispensables para el desarrollo de la gratitud.
  1. Ayuda a los jóvenes a alimentar sus amistades
Deberías animarles a agradecer las cosas con regularidad y a cooperar con los demás, siendo serviciales y generosos. Si saborean esas relaciones, se reforzarán sus vínculos. Ayudar a los niños a alimentar sus relaciones con sus amigos y con otras personas, como mentores, maestros, entrenadores, etc., les ayudará a construir su capital social.
  1. Ayuda a tus hijos a encontrar lo que les importa
Tener un objetivo en la vida ayuda a los jóvenes a orientarse hacia la construcción de una existencia con sentido. Han de conectar con personas que pueden convertirse en sus modelos, que les orienten, y con expertos que les impulsen más lejos para encontrar y desarrollar su meta.
Tienen que ver en nosotros pequeños gestos de agradecimiento a los demás: una carta o una llamada a quien nos ha echado una mano, una invitación a comer a los que nos ayudan.
Ser generosos les hace más agradecidos por dos motivos. Primero, porque cuanto más ayuden a los demás más aprenderán sobre lo que requiere ser amables y podrán agradecerlo cuando les devuelven algún favor. En segundo lugar, porque esto les permite construir relaciones más sanas en las que se pueden apoyar, indispensables para el desarrollo de la gratitud.
WEB-Educar_para_la_gratitud_-_Ed_Palabra (1)

TOMADO DE:http://es.aleteia.org/2016/06/03/como-ensenar-a-los-hijos-a-ser-agradecidos/

lunes, 13 de enero de 2014

Cuánto debe ayudar un hijo en casa


tomado de: http://serpadres.taconeras.net/tag/ninos-ayudando-en-casa/
Todavía hay algunos haciendo tareas, los zapatos siguen completamente empolvados, falta meter el pollo al horno y el papá viene llegando con cara de haber tenido un día fatal. iQué maravilloso sería -piensa para adentro la mamá- que mis hijos me cooperaran un poquito más. Ya están bastante grandes!

Lo suficiente como para no sentirse víctima y lo justo para no crecer como un perfecto inútil.
Son las 8 de la noche. Aunque mejor sería hablar de la hora crítica.
Pero, ¿será sólo un "poquito" lo que debiera esperar una mamá con hijos adolescentes, o lo justo sería que pusieran el hombro todos los días?
Antes de hablar sobre la ayuda que podríamos pedir a los hijos, hay que referirse al tema de "no dar más trabajo" del que ya existe en la casa, lo que, por cierto, no es nada fácil de conseguir: que no entren con los pies embarrados, que no dejen la cocina inmunda cada vez que la usan. Es decir, mucho antes de pedir ayuda a los hijos en la casa, hay que haberles inculcado el no dar más trabajo, y es entre los 7 y los 11 años, principalmente, cuando los niños adquieren determinados hábitos de sana convivencia familiar:
- La ropa sucia no se tira al suelo, sino que se deja en el lugar indicado.
- Los desperdicios se tiran al basurero, no en cualquier parte.
- Las toallas se dejan colgadas en la percha, no tiradas en el suelo.
- Las puertas no se abren ni cierran a patadas, porque se ensucian y rompen.
- Al llegar del colegio las mochilas y el uniforme se dejan ordenados, no esparcidos por la escalera.
Estos son signos de buena crianza. O detalles, dirán otros, pero que cuando los padres no los han cultivado y exigido con perseverancia, generan, después, otro tipo de problemas en la adolescencia. Los hijos no valoran el trabajo ajeno, ni lo que significa vivir en un hogar ordenado, y sus consecuencias en el uso y aprovechamiento de los recursos disponibles. Tampoco se considerarán parte de un equipo, donde lo que hagan o dejen de hacer afecta a los demás.
Por lo tanto, cuando los niños han sido desde chicos educados para poner en práctica estos hábitos, el trabajo diario de la casa se ve bastante aliviado. Recién ahí podemos pensar en pedir ciertas colaboraciones a nuestros hijos. Estas "ayudas" se pueden dividir en tres grupos:
- Las que se refieren a sí mismo: mantener su pieza, escritorio y closet ordenados, preparar su ropa para el día siguiente, hacer la cama los fines de semana.
- Las que tienen que ver con la convivencia y que implican una rápida disposición de ayuda: contestar el teléfono en vez de dejarlo sonar hasta que el del otro lado se aburra, recoger lo que está tirado, estirar la alfombra para así evitar que el siguiente aterrice en el suelo.
- Las que se relacionan con el bienestar de los demás: comprar el pan, lavar…
Nadie más beneficiado que el hijo
Que un hijo se haga cargo de sus propias cosas debiera ser una obligación permanente, porque aunque en apariencia esta ayuda es un alivio para la mamá y la empleada, el más beneficiado es él mismo. Mucho mejor para él saber dónde guardó la chamarra negra o dónde escondió la primera carta de la amiguita, que pasar horas de horas buscando.
Puede que suene duro decirlo y más que los padres lo oigan, pero si un hijo entre los 12 y 16 años no es capaz, al menos, de preocuparse por sus cosas, nadie más que los padres son los responsables. ¿Por qué? Porque lo sobreprotegen y lo tratan como un niño chico cuando ya no lo es o porque no se han dado el minuto para reconocer sus capacidades. Un caso: el papá que le pide a su hijo de 12 que le enchufe el taladro, ante lo que el hijo, atónito, le contesta: "iGenial, si hasta hoy no tenía permiso para tocar los enchufes!" O porque los hacen sentir el "síndrome de la abundancia inagotable": esa mamá que cuando su hija de 15 años se fue de viaje de estudios le pidió que, por favor, no volviera con toda la ropa interior sucia. Fácil, pensó la hija, y la botó a la basura.
Formar parte de un equipo
Será mucho más fácil conseguir cualquier tipo de ayuda, en la medida que hagamos ver a nuestros hijos que la casa no es ninguna pensión donde se come y se duerme, sino que un hogar. Y, por lo tanto, los padres y los hijos deben entender que todas estas "ayudas" no son, simplemente, para que la casa "funcione", sino para que exista más armonía.
Día a día, surgen un sinfín de situaciones que requieren de la ayuda de todos: el teléfono que suena, las luces encendidas, no hay papel en el baño, etc. Por eso es importante dejar en claro que la familia es un equipo y que por ello es fundamental que el que usa el baño debe dejarlo impecable para el siguiente.
Este tipo de ayudas, más que exigibles, son inculcables, lo que requiere de perseverancia y, por supuesto, de ejemplo.
¿Me reemplazarías?
Por último, están las ayudas relacionadas con el bienestar de los demás y que constituyen el sueño de algunos papás: que sus hijos los reemplacen en tareas que les corresponden a ellos: las compras de la casa o estudiar con los hermanos más chicos.
A todas las familias les llega el momento de recurrir a estos encargos, ya sea porque la mamá trabaja en una oficina, porque no hay una empleada, es de puertas afuera o, simplemente, porque es una familia numerosa. Pero aquí los padres deben tener presente que es sólo una ayuda y que en ningún caso los libera de ser los responsables de que en la despensa no quede una lata de atún o de que a la Teresita le haya ido mal en la prueba de matemáticas.
Hay que tener cuidado en este sentido, para no caer en la tentación de pedir a los adolescentes encargos familiares para los que todavía no están maduros. Aquí la sabiduría de los padres a la hora de proponer ayudas es fundamental. Deben ser específicos y pedirlas por un tiempo limitado; sirve, además ir rotando lo pedido entre hermanos de edades parecidas. La idea es que el encargo no parezca un castigo. Ejemplos: pagar algunas cuentas de la casa, cocinar cuando no está la empleada o ir a buscar al hermano al colegio.
Tampoco hay que olvidar que pedir alguna ayuda no significa interrumpir -a menos que sea imprescindible- sus obligaciones, como tareas, horas de estudio, compromisos en el colegio, ni tampoco interponerse en sus panoramas. Lo lógico -y más sensato- es que si el sábado está invitado a un asado, vaya y no se quede lavando platos.
En la práctica
Los encargos deben plantearse como una cooperación y no como una tarea obligada. Por eso la importancia de hacer ver a los hijos que éstos se hacen por amor a la familia y al hogar.
- Es bueno recurrir a los hijos, aunque exista ayuda doméstica. A la larga, cualquier trabajo que ejerzan en la casa, es cuna de buenos hábitos.
- Los encargos deben asignarse independientemente del sexo de quien lo recibe. La vida tiene muchas vueltas y es muy útil que un hombre sepa hacer aseo y una mujer pueda arreglar un enchufe. Hay que dar la posibilidad de aprender a hacer de todo en la casa.
- Entre los 12 y los 16 años es la etapa de los estirones. Están más grandes, pero también más desarticulados. Tal vez no sea conveniente pedirles que sean los encargados de lavar los platos, a menos que la loza sea francamente barata.
- un "no" rotundo al pago por favor concedido. De vez en cuando no les vendrá mal una pequeña recompensa económica, pero de ahí a establecerlo como una política casera sería fatal. Jamás harán nada ni por cariño al hogar ni hacia los demás.
- No, también, a la incongruencia de los padres. Mala señal será para los hijos si ven a sus papás tratándolos a ratos como niños, a ratos como adultos. Si los mandan solos a hacer algún trámite del papá, bien podrán irse solos a la casa del amigo (obviamente, si la distancia y la hora no implican un riesgo).
"¿Por qué a mí no me resulta pedir ayuda?"
- Porque usted va detrás corrigiendo y haciéndolo todo de nuevo. Hay que tolerar la cama arrugada, los cubiertos puestos al revés, los platos mal enjuagados… Nadie hace las cosas bien a la primera. Su hijo se sentirá importante si usted lo considera y cree en él y en sus capacidades.
- Porque no sabe pedir la ayuda adecuada. Primero observe y vea cuáles son las habilidades naturales de cada hijo. No le pida al más brusco que le guarde los platos.
- Porque usted es una maniática del orden y le gusta que su casa esté impecable las 24 horas del día. Esperar a que un adolescente ordene sus cuadernos cuando llega del colegio o se "mueva" para barrer el jardín supone paciencia y tolerar el desorden durante un rato. Controle el ataque y, una vez pedida la ayuda, no lo haga usted.
- Porque tal vez, sin darse cuenta, es sobreprotectora: usted ya no se acuerda de lo que era capaz de hacer a esa edad, pero es más de lo que usted cree. Los niños de familias de más bajos recursos son muchísimo más autónomos y desde muy pequeñitos van solos a comprar, llevan a sus hermanos al colegio y los cuidan mientras los padres salen a trabajar.
TOMADO DE: http://encuentra.com/hijos_y_educacion/cuanto_debe_ayudar_un_hijo_en_casa15190/

lunes, 6 de enero de 2014

Alcohol y chicas adolescentes

¿Por qué una jovencita toma alcohol? Una luz de alerta para los padres de familia, quienes posiblemente no se han percatado de este problema que crece día con día.
Como un adolescente más, fuimos a bailar. Comprobamos que hay de todo, como en otras épocas. Pero es una realidad que hoy las mujeres toman sin ninguna inhibición. Y cuando ellas pierden el control… Cunde el descontrol.
Es una fiesta de la juventud. Distinta a la de generaciones anteriores, sí. Hombres y mujeres se visten al lote. Que parezca natural. Ellas con pantalones sueltos, blusas ajustadas sin mangas y varias con grandes escotes en la espalda, o que llegan justo al borde del pantalón para que al moverse se vea más… zapatillas, pelos sueltos o moños tirantes, aritos de colores, sin pintura, sólo algunas con brillos. Ellos, con el pelo despeinado (muchos sin lavárselo), pantalones relajados, camisa, zapatillas. No parecen arreglados, pero lo están. Esa es la moda.
Alrededor de la pista de baile grupos de mujeres y hombres conversando, separados o revueltos. Gente que camina de un lado para otro. No hay dónde sentarse, más que una especie de pasillo con mesas y sillas, muy oscuro, donde algunos conversan. En la pista de baile, parejas bailando y grupos de mujeres que se mueven de manera bastante sensual. Las sacan a bailar aunque ellas estén bailando solas. Caminando, tropiezo con una pila de chalecos y chaquetas, otros los amarran a los postes.
La barra está repleta. A nadie le piden identificación y todos son menores. Casi todas las mujeres tienen un trago en la mano. Al correr de la noche se ven los efectos, a algunos se les ha pasado la mano: les cuesta más caminar o están con la mirada perdida. Pocos, aunque siempre los hay, están realmente borrachos. Ellas bailan más sueltas, más desinhibidas. Una pareja de novios se mueve provocativamente en la pista…
En el camino de vuelta una niña pidiendo a algún automóvil que la lleve y dos amigos se esconden hasta que un auto pare. Mis acompañantes, entre 15 y 18 años y conocedores del lugar, dicen que estaba buena la fiesta y que hay otras en que pasan más cosas (más ebrios y peleas). Todo depende del precio del trago.
Como en cualquier discoteque, hay de todo. Pero me quedó dando vueltas la letra de una canción que escuché esa noche: "Mozo por favor/dame una cerveza/Dame otra y otra más/Que la tengo que olvidar…".
SIN COPETE NO SE ATREVEN
Quizás no hay nada nuevo bajo el sol y la juventud siempre ha sido igual. A algunos se les pasa la mano con el trago, a otros no. En algunas fiestas casi todos están borrachos, otras son muy sanas. Unos son reventados, otros no. Pero lo que está claro es que ahora, en las fiestas -públicas o privadas-, se ve algo que antes no se veía: las mujeres tomando.
Según el psiquiatra Sergio Canals, en la última década ha cambiado la forma de tomar de las mujeres. Por un lado, empiezan antes, y a los 13 años muchas han probado y algunas hasta se han emborrachado. Y, por otro, toman con más desinhibición social, cuentan que se emborracharon y no pasa nada, porque hay mayor tolerancia.
"Hago charlas en colegios y en cursos de mujeres o mixtos de 7º y 8º básico. Cuando pregunto quién se ha emborrachado, un porcentaje importante levanta la mano. Además, ahora sienten la aprobación social para contar una borrachera, lo que antes era privilegio del hombre. Antes daba vergüenza contarlo".
"Toman por lo mismo que los hombres: curiosidad, influencia del grupo, sentir mayor autonomía, ser adultos. Pero si nos preguntamos, para qué toman, es distinto. Toman para hacer cosas que sin alcohol, no se atreven. Buscan desinhibirse para establecer vínculos con los hombres. En la adolescencia es muy fuerte el deseo de explorar su cuerpo en relación con el hombre y poner a prueba su capacidad de relacionarse emocionalmente", dice Canals.
Al parecer, el alcohol las ayuda en su búsqueda. "La desinhibición que produce el alcohol les da sensación de libertad: pueden hacer más cosas. Pero, la verdad es que son menos libres porque no quieren ser conscientes de lo que hacen. Como resultado, al día siguiente no sienten culpa, fue por culpa del alcohol, dicen", explica Sergio Canals.
ALCOHOL Y ADOLESCENCIA
El adolescente tiene un riesgo natural de caer en el alcohol ya que vive una época de exploración del mundo, de la vida, de su sexualidad y busca entretenerse y pasarlo bien. Pero, por dentro no lo pasa tan bien. Entonces, el alcohol, que produce un efecto tranquilizante, de euforia y desinhibición, engancha perfecto con esta etapa.
El mundo ofrece a las mujeres modelos femeninos como famosas actrices que tienen una vida sexual precoz, que consumen drogas y alcohol, y que son muy atractivas para ellas pues encarnan la perfección, son bonitas, tienen personalidad… Hagamos lo que ellas hacen.
El hecho de que las fiestas sean en un lugar público y masivas, hace que todos sean iguales, ya nadie tiene ventajas por cómo se llama o de qué colegio es. Entonces hay que sobresalir por algo, tener más personalidad y el trago ayuda.
Algunos publicistas interpelan a los adolescentes porque los consideran un mercado importante y saben que mientras antes se les incorpore el hábito, más fácil será que sigan consumiendo cuando adultos. A la vez, en el comercio se les vende alcohol como si fueran adultos, hay bares abiertos, las fiestas se llaman "Hígado valiente",… "Hay una permisividad legal y una falta de ética al vender una droga a personas que todavía no son adultas, que aún no tienen estructurado su mundo valórico, ideológico y emocional", afirma Canals.
Para tranquilidad de los padres, el Dr. Canals señala que "La mayoría de las adolescentes tiene una vida normal, estudia, no lleva una vida sexual promiscua y cuando se toma una copa, no se emborracha". Agrega que cuando se trasforman en bebedoras excesivas tampoco lo hacen por "buscar el sentido de la vida y evadir problemas", como podría suponerse. En su afán de explorar el mundo, quieren llegar al límite de la euforia y de la desinhibición, pero ese límite está muy próximo al punto en que se pierde el control y la memoria. Es muy difícil no pasarse. Y como son muy jóvenes, se les pasa la mano más fácilmente. Mientras más tardío es el consumo hay mayor autocontrol".
ASí LAS VEN ELLOS, ASí SE VEN ELLAS
"Amores de barra/ y un lápiz de labios/ mal puesto en el baño/ colirio en los ojos/ pegote el rimel/ la copa en la mano/ y vuelvo a tu lado/ Son las doce, hasta las cinco te utilizaré/ no hace falta que mañana te vuelva a ver…", dice una canción de “Ella baila sola”.
El verano pasado una adolescente de 16 años murió al caer de un tobogán. Había tomado, pero no estaba borracha.
"Tomas hasta la una para llegar bien a la casa a las tres y media. Además se puede usar una pastilla de menta o un cigarro para que los papás no cachen. Y como generalmente están dormidos, ni se dan cuenta", dice una amiga.
Pero encuentran "horrible" que una mujer se emborracha. "Cuando veo una niña ebria, lo encuentro patético", (Paula, 16). "Que se tomen uno o dos tragos no me importa, pero si se ponen alegrones, me molesta", (Carola, 17).
Ellas dicen que no les gusta tomar. "Mi mamá me dijo que era muy chica y tiene razón. ¿Para qué voy a tomar si me queda una vida por delante?", (Cata, 17). "Somos como diez amigas y una o dos se toman un vaso de vez en cuando. Y en las fiestas, las borrachas son las menos, sí hay alegrones", (Rosario, 16). “Algunas piden un vaso entre tres, sólo por decir que toman”, (Cata, 17).
EL DIÁLOGO CON EL PAPÁ ES INSUSTITUIBLE
"La mejor prevención es que el papá llegue a la casa y le dé un beso cariñoso a su señora, otro a su hija y no le pregunte cómo le ha ido en el colegio, sino cómo ha estado", dice el psiquiatra Pablo Egenau en sus charlas. "El vínculo entre el papá y la hija adolescente es fundamental", agrega Canals y señala cuatro factores que el papá debe considerar para guiar a su hija en la construcción de su identidad, su mundo valórico, y su proyecto de vida.
El triángulo del amor: Querer, quererse y ser querido, que está atravesado por el amor de Dios y hacia Dios. Aquí juega un papel fundamental la autoestima. Si no me quiero, no me siento querido y no puedo querer. Se produce un vacío enorme. Pero el día que descubro que con un trago o una probada de droga eso se me pasa, de ahí a quedarse pegado hay un paso. La religiosidad es un factor muy protector, porque el hijo se siente querido por Dios.
- Construir un proyecto de vida con sentido, es decir tener una motivación para esforzarse y crecer. Que las preguntas de por qué, para qué y por quiénes vivo vayan teniendo respuesta.
- Construir una identidad sólida: Es lo que hace ser diferente a un joven de otro y no dejarse arrastrar por el grupo. Aunque en la adolescencia se está construyendo la identidad, ya se necesita estar contento con lo que se es.
- Mundo valórico: Muchas veces la gente que hace prevención evita decir que es malo consumir alcohol. Pero a esta edad hay que decirlo con todas sus letras. No es malo porque sí, sino porque en la juventud, y por todo lo dicho anteriormente, es muy fácil caer en la adicción, y eso destruye la vida, la libertad y la dignidad, y deshumaniza.
El psiquiatra finaliza asegurando:
"En un buen entorno familiar, en que hay estabilidad emocional, valores claros, un mundo con sentido religioso…, hay pocas probabilidades de que el trago se convierta en un problema".
Dentro de las señales de alerta que pueden ser indicios de ingestión imprudente de alcohol aparecen:
- Baja en el rendimiento escolar.
- Cambios en la conducta que no se explican sólo por estar en la etapa de la adolescencia.
- Mentiras reiteradas.
- Aislamiento o retraimiento.
- Repentinos cambios de ánimo.
- Cambio de amistades.
- Solicitud excesiva de dinero.
- Pérdida de dinero, objetos y prendas de vestir.
- Accidentes, moretones o heridas inexplicables.
PARA TENER EN CUENTA
Un vaso de vino en el hombre, se demora entre 45 minutos y una hora en metabolizarse. En la mujer, entre una hora y una hora y cuarto. Biológicamente la mujer absorbe el alcohol más lento, por lo que le da vueltas en la sangre más tiempo. Eso significa que el alcohol causa estragos en las mujeres si se toman otro trago antes de una hora y media.
Tomar lento, porque así el hígado tiene más tiempo para metabolizar. Si se toma al seco se inunda el sistema biológico de alcohol y el hígado no tiene tiempo para reaccionar.
Mientras más adulto se empiece a tomar, menos posibilidades de llegar a ser un bebedor excesivo. El consumo precoz aumenta las posibilidades porque crea el hábito y mientras más joven, menos control.
Comer antes de tomar protege de los efectos del alcohol. Una cerveza con el estómago vacío, emborracha.
El riesgo de manejar con trago o subirse al auto de un amigo que se sabe que ha tomado, es evidente. Para alcanzar a frenar y no chocar, se demora, desde que se ve el objeto hasta que se frena, 0,5 segundos. Con una cerveza chica es 0,7 segundos y eso equivale a un choque.
"ASÍ LA VI YO" (TESTIMONIO MASCULINO)
"Yo estaba con mis amigos cuando llegó ella. Me acuerdo que me saludó de manera muy efusiva. Era súper bonita, la conocí en la semana y me llamó la atención su forma de ser tranquila y femenina. Por eso, desde el minuto en que llegó, me pareció muy extraña. No se despegó de la barra. Llevaba ya dos o tres vasos en el cuerpo y comenzó a gritar, a saltar y a bailar súper vulgar. Atraía a algunos, pero le perdían el respeto. Siguió tomando. Bailaba con sus amigas, empujando y riéndose de manera poco femenina. De pronto se cayó entre gritos y burlas de los que la rodeaban. Las amigas ni se dieron cuenta porque coqueteaban con unos gallos, también ebrios.

Cuando vi que no podía pararse, la levanté, la tomé en brazos y la saqué de ahí. Tomamos un taxi. Estaba inconsciente y vomitó. La dejé en la puerta de su casa, como si fuera un bulto. Sentí una especie de rechazo, una gran desilusión. Pero también me dio pena porque el problema no está en el trago, sino que en ella. El lunes me saludó como si nada. Y el fin de semana siguiente, increíble, pero la vi igual de borracha". (alumno de IVº Medio).