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sábado, 26 de abril de 2014

No hay padres perfectos


“Buscamos una niñera para Linda, una preciosa niñita de cinco años, hermosa, sensible, creativa, inteligente y expresiva”. Así rezaba un anuncio publicado en un periódico de Estados Unidos en el que unos padres buscaban una niñera para cuidar de su hija. Sin ningún pudor, los padres consideraban a su hija como una niña especial, distinta, exclusiva, como les sucede a tantos padres de hoy, que también están obsesionados con la educación y formación de sus hijos.
Gregorio Luri (Pamplona, 1955), docente, experto en formación familiar, doctor en Filosofía, analiza en Mejor educados (1) esta actitud de muchos padres actuales que quieren ser novedosos en sus métodos pedagógicos, que ponen en los hijos unas desproporcionadas expectativas que luego resulta muy complicado que se hagan realidad.
Olvídese de la “psicología positiva”
En uno de sus anteriores libros, La educación contra el mundo (cfr. Aceprensa 7-07-2010), Luri demostraba, con mucho acierto, las consecuencias de unas leyes educativas apoyadas en ideas filosóficas y pedagógicas ampulosamente calificadas de progresistas, pero con un conocimiento errático de lo que es el mundo de la educación y la condición humana. Por desgracia, estas ideas no solo han calado en el ámbito educativo sino que también se han trasladado al mundo familiar, modelando el discurso afectivo y educativo hacia una “psicología positiva” ampliamente ridiculizada en algunos apartados de este libro. Esta psicología, contaminada por la literatura de autoayuda y la moda New Age, se transforma en una “moral acaramelada” que, subraya Luri, “ofrece ejemplos de una cursilería casi perfecta”.
“Este libro que tienes en tus manos –escribe el autor– surge de la convicción de que, sean las que sean las incertidumbres del presente, hay tres condiciones imprescindibles para encarar los retos de la paternidad con alguna garantía de éxito: la tranquilidad, la sensatez y el amor familiar”. En el libro no duda en recurrir a Los Simpson, la popular serie televisiva, no porque sean un ejemplo de padres perfectos (que no lo son; al contrario) sino porque son capaces de reconocer sus errores y de mantener unida a la familia pase lo que pase.
Luri quiere rebajar así las graves responsabilidades a las que se someten los padres actuales, por lo que les propone admitir los fallos, actitud que deben también transmitir a sus hijos, pues no todos son unos genios ni unos dechados de excelencia. Es cierto que educar hoy, comparado con el reciente pasado, es más complicado, pues el contexto social y familiar puede ayudar poco; pero eso no debe significar cuestionar absolutamente todos los valores y métodos para sustituirlos por otros políticamente correctos y de dudoso éxito y viabilidad.
Saber poner reglasLo primero que deben tener claro los padres, y que no lo suelen tener ni siquiera las escuelas modernas, es la respuesta a una pregunta obligada: ¿qué es un buen hijo? El libro de Luri, de manera muy amena y concreta, intenta dar respuesta a esta trascendental pregunta. Y lo hace cuestionando a menudo los valores pedagógicos asentados en la sociedad actual.
Por ejemplo, el primer capítulo lo dedica a la importancia de la disciplina en la educación de los hijos. “No hay nada más inteligente que ser disciplinados”. Para conseguir esto no hace falta, en el ámbito familiar, poner mil reglas, “sino pocas y suficientemente claras para no tener que estar continuamente discutiéndolas”. Luri reflexiona con claridad sobre los castigos, las medidas disciplinarias y los excesos. “Cuando los padres no ponen las normas, los hijos tienen que descubrirlas”.
Transparencia en la escuelaTras la disciplina, aborda el papel de la escuela y de los profesores. Para Luri, no existe la escuela perfecta, pero sí existen unos parámetros que todas deberían más o menos cumplir para conseguir lo mejor de los alumnos. Luri defiende la necesidad de la transparencia para que los padres conozcan con datos fiables la calidad educativa de los centros. Además, desconfía de los docentes que se han convertido en profetas de la “psicología positiva”: “cada vez que oigo a un maestro defender que su trabajo no es transmitir conocimientos, sino hacer felices a sus alumnos, me compadezco de estos. Tienen muchas posibilidades de salir de la escuela infelices e incultos”.
Y pone el dedo en la llaga de una realidad bien palpable para los que se dedican a la educación: la de los padres que atosigan a los hijos y los profesores con su obsesión por cualquier retraso de su hijos. Y lo explica: “los padres con títulos universitarios consideran que su obligación moral es implicarse activamente en la vida de sus hijos, registrando minuciosamente sus progresos, viviendo con preocupación todo aquello que sospechan que puede entenderse como un retraso evolutivo, consultando a especialistas –y en Google, claro–, y haciendo todo cuanto pueden por estimular las capacidades cognitivas y sociales del niño. Y allá donde no llegan ellos, acuden a clases particulares de idiomas, kárate o Kumon. Sin embargo, son estos los padres que suelen mostrarse más inquietos por no disponer de suficiente tiempo para atender a sus hijos”.
Luri habla del rol de los padres y de la importancia de los valores; también de la influencia de la televisión, las pantallas, Internet, las redes sociales: “una familia no es un grupo de personas reunidas en torno a un televisor”. Ironiza sobre los padres hiperprotectores, los que consideran que su hijo es un genio incomprendido y los preocupados por apuntar a los hijos al mayor número posible de actividades extraescolares: “no hay arte marcial –escribe–, por extraño que sea, que no lo practique un grupo de niños españoles”. Defiende la importancia de la lectura, del silencio, del aburrimiento y de la amistad, como antídotos de algunos abusos modernos. Sobre la educación diferenciada aporta unos datos que demuestran a las claras cómo hoy día esta educación contribuye a mejorar los resultados, especialmente de los chicos.
Luri derrocha sentido común: “educar a nuestro hijo en el interior de una burbuja narcisista no le hace ningún bien”. Y dice a los padres verdades de perogrullo que, sin embargo, están hoy día olvidadas y difuminadas entre una maraña de consejitos y obsesiones pseudopedagógicas: “A vuestro hijo lo educáis con vuestros consejos, pero sobre todo con vuestro ejemplo”, advierte.
Mejor educados es, pues, un libro de mucho interés para padres, profesores y todas aquellas personas vinculadas a la educación. Proporciona ideas para buenos debates y muchos temas de conversación.
TOMADO DE:http://www.aceprensa.com/articles/no-hay-padres-perfectos/

miércoles, 9 de abril de 2014

No hay padres perfectos


“Buscamos una niñera para Linda, una preciosa niñita de cinco años, hermosa, sensible, creativa, inteligente y expresiva”. Así rezaba un anuncio publicado en un periódico de Estados Unidos en el que unos padres buscaban una niñera para cuidar de su hija. Sin ningún pudor, los padres consideraban a su hija como una niña especial, distinta, exclusiva, como les sucede a tantos padres de hoy, que también están obsesionados con la educación y formación de sus hijos.
Gregorio Luri (Pamplona, 1955), docente, experto en formación familiar, doctor en Filosofía, analiza en Mejor educados (1) esta actitud de muchos padres actuales que quieren ser novedosos en sus métodos pedagógicos, que ponen en los hijos unas desproporcionadas expectativas que luego resulta muy complicado que se hagan realidad.
Olvídese de la “psicología positiva”
En uno de sus anteriores libros, La educación contra el mundo (cfr. Aceprensa 7-07-2010), Luri demostraba, con mucho acierto, las consecuencias de unas leyes educativas apoyadas en ideas filosóficas y pedagógicas ampulosamente calificadas de progresistas, pero con un conocimiento errático de lo que es el mundo de la educación y la condición humana. Por desgracia, estas ideas no solo han calado en el ámbito educativo sino que también se han trasladado al mundo familiar, modelando el discurso afectivo y educativo hacia una “psicología positiva” ampliamente ridiculizada en algunos apartados de este libro. Esta psicología, contaminada por la literatura de autoayuda y la moda New Age, se transforma en una “moral acaramelada” que, subraya Luri, “ofrece ejemplos de una cursilería casi perfecta”.
“Este libro que tienes en tus manos –escribe el autor– surge de la convicción de que, sean las que sean las incertidumbres del presente, hay tres condiciones imprescindibles para encarar los retos de la paternidad con alguna garantía de éxito: la tranquilidad, la sensatez y el amor familiar”. En el libro no duda en recurrir a Los Simpson, la popular serie televisiva, no porque sean un ejemplo de padres perfectos (que no lo son; al contrario) sino porque son capaces de reconocer sus errores y de mantener unida a la familia pase lo que pase.
Luri quiere rebajar así las graves responsabilidades a las que se someten los padres actuales, por lo que les propone admitir los fallos, actitud que deben también transmitir a sus hijos, pues no todos son unos genios ni unos dechados de excelencia. Es cierto que educar hoy, comparado con el reciente pasado, es más complicado, pues el contexto social y familiar puede ayudar poco; pero eso no debe significar cuestionar absolutamente todos los valores y métodos para sustituirlos por otros políticamente correctos y de dudoso éxito y viabilidad.
Saber poner reglasLo primero que deben tener claro los padres, y que no lo suelen tener ni siquiera las escuelas modernas, es la respuesta a una pregunta obligada: ¿qué es un buen hijo? El libro de Luri, de manera muy amena y concreta, intenta dar respuesta a esta trascendental pregunta. Y lo hace cuestionando a menudo los valores pedagógicos asentados en la sociedad actual.
Por ejemplo, el primer capítulo lo dedica a la importancia de la disciplina en la educación de los hijos. “No hay nada más inteligente que ser disciplinados”. Para conseguir esto no hace falta, en el ámbito familiar, poner mil reglas, “sino pocas y suficientemente claras para no tener que estar continuamente discutiéndolas”. Luri reflexiona con claridad sobre los castigos, las medidas disciplinarias y los excesos. “Cuando los padres no ponen las normas, los hijos tienen que descubrirlas”.
Transparencia en la escuelaTras la disciplina, aborda el papel de la escuela y de los profesores. Para Luri, no existe la escuela perfecta, pero sí existen unos parámetros que todas deberían más o menos cumplir para conseguir lo mejor de los alumnos. Luri defiende la necesidad de la transparencia para que los padres conozcan con datos fiables la calidad educativa de los centros. Además, desconfía de los docentes que se han convertido en profetas de la “psicología positiva”: “cada vez que oigo a un maestro defender que su trabajo no es transmitir conocimientos, sino hacer felices a sus alumnos, me compadezco de estos. Tienen muchas posibilidades de salir de la escuela infelices e incultos”.
Y pone el dedo en la llaga de una realidad bien palpable para los que se dedican a la educación: la de los padres que atosigan a los hijos y los profesores con su obsesión por cualquier retraso de su hijos. Y lo explica: “los padres con títulos universitarios consideran que su obligación moral es implicarse activamente en la vida de sus hijos, registrando minuciosamente sus progresos, viviendo con preocupación todo aquello que sospechan que puede entenderse como un retraso evolutivo, consultando a especialistas –y en Google, claro–, y haciendo todo cuanto pueden por estimular las capacidades cognitivas y sociales del niño. Y allá donde no llegan ellos, acuden a clases particulares de idiomas, kárate o Kumon. Sin embargo, son estos los padres que suelen mostrarse más inquietos por no disponer de suficiente tiempo para atender a sus hijos”.
Luri habla del rol de los padres y de la importancia de los valores; también de la influencia de la televisión, las pantallas, Internet, las redes sociales: “una familia no es un grupo de personas reunidas en torno a un televisor”. Ironiza sobre los padres hiperprotectores, los que consideran que su hijo es un genio incomprendido y los preocupados por apuntar a los hijos al mayor número posible de actividades extraescolares: “no hay arte marcial –escribe–, por extraño que sea, que no lo practique un grupo de niños españoles”. Defiende la importancia de la lectura, del silencio, del aburrimiento y de la amistad, como antídotos de algunos abusos modernos. Sobre la educación diferenciada aporta unos datos que demuestran a las claras cómo hoy día esta educación contribuye a mejorar los resultados, especialmente de los chicos.
Luri derrocha sentido común: “educar a nuestro hijo en el interior de una burbuja narcisista no le hace ningún bien”. Y dice a los padres verdades de perogrullo que, sin embargo, están hoy día olvidadas y difuminadas entre una maraña de consejitos y obsesiones pseudopedagógicas: “A vuestro hijo lo educáis con vuestros consejos, pero sobre todo con vuestro ejemplo”, advierte.
Mejor educados es, pues, un libro de mucho interés para padres, profesores y todas aquellas personas vinculadas a la educación. Proporciona ideas para buenos debates y muchos temas de conversación.
_________________________
(1) Gregorio Luri. Mejor educados. Ariel. Barcelona (2014). 232 págs. 17,90 € (papel) / 12,99 € (digital).
TOMADO DE:http://www.aceprensa.com/articles/no-hay-padres-perfectos/

domingo, 26 de enero de 2014

Escuela para Padres: Cómo mantener el equilibrio entre la autoridad y la paz familiar

Los padres para mantener la armonía y paz familiar, deben conservar la autoridad sobre los hijos, pues tienen muchas obligaciones que cumplir, para lograr su buena educación. Esta autoridad también conlleva la gran responsabilidad de realizar sus obligaciones inherentes, entre ellas, mantener los derechos indiscutibles que tienen los hijos. Sin olvidar que la autoridad, las obligaciones y la responsabilidad, van cambiando a medida que los hijos se van haciendo mayores en edad física y mental.
Tiene que haber un equilibrio en las reglas de juego familiar, entre lo que se quiere, lo que se exige, lo que se tiene derecho y lo que se da a cambio. Cada vez los hijos quieren exigir mayores derechos y obtener mayores libertades, aunque muchas veces esas apetencias, sean a cambio de nada, y eso no puede ser.
Todos los hijos pueden dar algo a cambio de lo que piden, cada uno en la medida de sus posibilidades, pero “manitas que no dais, que esperáis”. Cuando los hijos empiezan a entender, que todo derecho conlleva una obligación, es cuando empieza a haber una buena armonía. Cuando solamente exigen “Que me den, que me den” entonces desaparece la concordia y por lo tanto la paz familiar.
La paz familiar no es la ausencia de la guerra. La paz familiar se consigue con negociaciones y consensos, incluso en las cosas más difíciles. Los fundamentos básicos que conforman la familia, no deben ser suprimidos ni olvidados, bajo ningún concepto, pues esos principios básicos, son los que la mantienen fuerte, unida y protectora, para todos los miembros presentes y futuros.
A medida que los hijos van siendo mayores, se va imponiendo la negociación, para llegar a consensos donde ambas partes se sientan cómodos. En una familia no debe permanecer el concepto de divisiones, clanes o equipos diferentes, pues todos tienen que remar en la misma dirección, aunque algunos tengan que alcanzar objetivos distintos y sostengan diferentes formas de hacerlo.
En la familia las negociaciones, acuerdos y consensos, tienen que estar basados en una buena educación, que abarque todos los campos. Es muy difícil, por no decir imposible, negociar algo, si no hay unas previas bases educativas bien asentadas, donde el ejemplo y la práctica de las virtudes y valores humanos, estén introducidos desde pequeños.
Hay obligaciones de los padres, que no son negociables, pero pueden irse adaptando a las circunstancias de la familia, la sociedad y a la madurez de los hijos. Esas adaptaciones también están relacionadas, con la cota de libertad que los hijos quieran o necesiten ir obteniendo.
Es difícil, pero no imposible, armonizar o equilibrar la autoridad de los padres con el bienestar, la paz y la alegría familiar. Para ello hay que tener unas reglas claras y concretas, sobre lo que es negociable y lo que no negociable, en las relaciones familiares.
Los 8 principales derechos y obligaciones no negociables, de los padres:
1. Los padres tienen el derecho a elegir libremente, el sistema de educación que quieran para sus hijos.
2. Los padres tienen el derecho a la libre expresión de su religión, a practicarla y a enseñarla, privada y públicamente.
3. Los padres tienen el derecho a reconocer y a que les reconozcan, que la familia se funda en el compromiso entre un hombre y una mujer, que hacen donación de sí mismos y se comprometen a la procreación y cuidado de los hijos.
4. Los padres tienen la indiscutible, innegable e intransferible obligación, de educar y mantener bien a sus hijos.
5. Los padres tienen la obligación de dar ejemplo, para educar a sus hijos en la práctica de las virtudes y valores humanos.
6. Los padres tienen la obligación de poner reglas de comportamiento y de vida a sus hijos, para formarles el carácter y que estén preparados para afrontar su futuro con equilibrio, entre libertad y disciplina.
7. Los padres tienen la obligación de promover el bien común, en todas sus formas.
8. Los padres tienen la obligación de reconocer y el derecho a que les reconozcan, que la vida humana es sagrada e inviolable desde su concepción, hasta su muerte natural.
Los 10 consejos más importantes para mantener el equilibrio, entre la autoridad y la paz familiar
1. Aceptar la autoridad de los padres, que por su experiencia y amor, sabrán educar a sus hijos, aunque algunas veces les duela a ambos.
2. Callar, si lo que se va a decir no sirve para mantener la paz y solamente sirve para aumentar la discordia, teniendo mucho cuidado al hacerlo, pues algunas veces, el que calla otorga o consiente.
3. Comprometerse toda la familia a hablar sin gritar y educadamente, cuando se presente una discusión o un problema.
4. Escribir muy claramente, cuáles son las principales virtudes y valores humanos, que deben conformar esa familia y cumplirlos y hacerlos cumplir por todos.
5. Fomentar con el ejemplo la firmeza y la amabilidad, proponiendo reglas íntegras, claras, concretas y respetuosas con cada edad, características y situaciones, para que triunfe la justicia, la libertad y la caridad.
6. Impulsar a que todos los familiares y amigos, sean queridos y respetados, para que ello repercuta como ejemplo en la sociedad.
7. Mantener siempre una comunicación abierta, de forma que pueda fluir el dialogo entre todos y sobre todos los temas, pues cada uno de los miembros de la familia, es igual de importante ante los demás.
8. Permitir que todos puedan expresar su opinión, para que sea escuchada con atención, antes de ser juzgada.
9. Promover el que todos hablen bien de todos, evitando las murmuraciones, los falsos testimonios, las mentiras y las medias verdades.
10. Respetar a cada uno de la familia y hacerse respetar por ellos, fomentando las demostraciones de cariño y tolerancia, evitando las situaciones de violencia, venganza, odio y rencor.
La familia es el principal lugar donde los hijos, a través del ejemplo de sus padres, aprenden a vivir y a desarrollar las virtudes y valores humanos, dentro de una correlación y equilibrio de autoridad y paz, de disciplina y obediencia, de derechos y deberes, incluso a costa de los sacrificios, que sean necesarios hacer entre todos sus componentes.
Los hijos con sus propios actos, tienen que ser garantes de gestionar su propia libertad, entre el aparente dilema, de cumplir con las normas y obligaciones educativas establecidas por la autoridad de los padres, para el bienestar familiar y sus propios y justificados deseos, de crecimiento personal, físico, mental y social.
Para mantener el equilibrio entre la autoridad y la paz familiar, no debe haber imposiciones educativas arbitrarias, sino las que estén soportadas con la verdad, el bien y la necesidad. La autoridad no debe confundirse con la imposición y la obediencia, a cualquier precio, ya que tiene que estar soportada además, por el conocimiento y la disposición a ayudar.
La autoridad de los padres, siempre que sea coherente con la práctica y enseñanza de las virtudes y valores humanos, debe ser mantenida y ejercitada constantemente, sin altas ni bajas, dentro de las características físicas y mentales de cada hijo en particular. Así aprenderán responsablemente, a distinguir lo que está bien y lo que está mal, incluyendo los motivos que les inducen a obrar de una forma u otra y a descubrir la alegría, que es mejor dar, que recibir.
El equilibrio entre autoridad y paz familiar, aunque suponga un esfuerzo por parte de todos, genera credibilidad en los hijos, dentro del tan necesario contexto de amor, alegría, confianza y seguridad doméstica, originando un clima sano de mutua preocupación y de búsqueda de soluciones a los problemas.
Los padres al ejercer la autoridad, están dando a sus hijos los instrumentos que necesitan, para crecer como personas. La principal herramienta es mostrarles el ejemplo de su propia vida, pues los hijos se fijan en todo lo que hacen los padres y tienden a imitarles.
Los padres deben saber que cuando hay una crisis o un problema importante en la familia, en vez de intentar solucionarlo con gritos, deben darse cuenta, que estas situaciones son oportunidades para sacar a relucir lo mejor que cada uno tiene, dentro de su carácter, tanto para modelarlo a las circunstancias, como para solucionar la crisis. Escucharse mutuamente con respeto y atención, es la mejor arma para resolver el presente y el futuro, de la convivencia familia.
Para mantener el equilibrio entre la autoridad y la paz familiar, la mayoría de las veces, hay que negociar y tener en cuenta los diferentes puntos de vista de alguno o de todos, los componentes de la familia, intentando combinar todas las características, situaciones internas, externas, circunstancias, etc. para que a poder ser, tengan cabida las opiniones de todos.
Mantener ese equilibrio es todo un arte. que comienza con comentar y dialogar, sigue polemizar, alegar y rebatir siempre educadamente. Pero el principal soporte debe ser la tolerancia, el orden, la paciencia y la convivencia entre todos los miembros de la familia. para así poder conseguir una buena negociación, donde no haya vencedores ni vencidos, donde todos ganen y pierdan algo, para que haya paz y no haya imposición. ni desequilibrio familiar.
12 Conceptos para mantener el equilibrio entre la autoridad y la paz familiar
1. El equilibrio familiar se facilita, cuando para llegar a acuerdos, se elige el momento, el sitio, las circunstancias y la presencia de uno a uno de la familia o todos en grupo.
2. El equilibrio familiar llega cuando todos quieren la paz y no la guerra, e intentan ponerse cada uno, en la situación del otro.
3. El equilibrio familiar no puede ser a cualquier precio. Por el bien de todos, hay cosas no negociables.
4. El equilibrio familiar se alcanza cuando en las negociaciones, escuchando a todos, se intenta llegar a acuerdos razonables, sin imposiciones y centrándose en el tema principal.
5. El equilibrio familiar se consigue, cuando todos escuchan a todos, hablando cada uno a su debido tiempo, sin interrupciones, ni gritos.
6. El equilibrio familiar se debe conseguir sin perder, ni la autoridad, ni el prestigio de los padres, ni la libertad, ni los derechos y obligaciones de los hijos.
7. El equilibrio familiar se gana con respeto, hacia los demás y a sus circunstancias, controlando los modales, las palabras y el tono de voz, pero siempre con firmeza, en las decisiones beneficiosas para todos, no para algunos solamente.
8. El equilibrio familiar se logra sin riñas, sermones ni reprimendas, utilizando la convicción de lo que se dice y cómo se dice, para que la familia pueda escuchar, sin tener que estar a la defensiva continuamente.
9. El equilibrio familiar se mantiene, tomando la iniciativa ante los problemas que se intuyen, avecinan o acaban de llegar, sin esperar a que hagan crisis y la solución sea más difícil o ya imposible.
10. El equilibrio familiar se obtiene, cuando no se pierde el control de la situación, frente a los otros familiares.
11. El equilibrio familiar se produce, cuando lo negociado y acordado, se cumple por todos.
12. El equilibrio familiar se puede conseguir, cuando ante la falta de acuerdos en cosas importantes y difíciles de decidir, se considera conveniente pedir la intervención de algún experto: Pariente juicioso, profesional de la materia, médico, maestro, sacerdote, pastor, rabino o imán, según la religión que profesen.
La confianza y la autoridad, son las bases del buen equilibrio, que favorece la paz familiar. Para que exista, los padres tienen que hacer ver a los hijos, los errores que han cometido o los que pueden cometer, si siguen con la actitud que tienen. Así se evitarán las consecuencias, problemas, castigos y enfados inherentes a los errores.
No es fácil mantener este equilibrio, entre autoridad y paz, ni son fáciles las preguntas, ni las respuestas que se plantearán. Tampoco es fácil recibir y aceptar contestaciones negativas, ni insistir en explicar cómo deberían ser las cosas en la familia. Pero los padres no pueden ignorar estas realidades. Tienen que luchar contra todas las presiones, internas y externas. Hacer como la mayoría de los peces, nadar y nadar, luchar y luchar. Cuando los padres dejan de luchar, por la educación de la familia y pierden el equilibrio, entre autoridad y paz, se pierde la unión familiar.
TOMADO DE: http://www.aciprensa.com/Familia/autoridadpaz.htm