| Es posible que hayas notado que tu hijo, de pocos años, se comporta de forma insegura: no se atreve a hacer algunas cosas él solo, le cuesta relacionarse con otros niños, no consigue progresar en sus primeros aprendizajes escolares, se rinde al primer intento, tiene un sentido del ridículo muy acentuado... Aunque quizás tu hijo es muy pequeño todavía, seguramente te preguntarás si puedes hacer algo para conseguir que viva las cosas sin pasarlo tan mal, de una manera más libre y espontánea. La respuesta es sí. La Familia es la base de la sociedad civil, solamente en la familia las personas pueden ser debidamente criadas, educadas y recibir la formación de su carácter que les hará buenos hombres y buenos ciudadanos. La familia cumple a nivel social las siguientes funciones: a) procreación de los futuros ciudadanos; b) crianza, educación e integración social de las próximas generaciones; c) permite un equilibrio entre las generaciones; d) prevención de salud personal y social; e) permite que se cuiden la 1ra. y 3ª. generaciones. Estas funciones sociales no las puede cumplir ninguna otra institución que no sea la Familia, de ahí la importancia de conocer a fondo como hacerlo. La familia es el fundamento de toda sociedad bien construida, indispensable para el logro del bien común y además aparece como la unión más natural y necesaria a la comunidad; siendo además anterior a cualquier otra institución; es primera en el orden de la naturaleza, en relación con las demás agrupaciones en las que el hombre y la mujer se pueden encontrar. Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y obligados educadores. Este deber de la educación familiar es tan importante que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres formar un ambiente familiar animado por el amor que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos. La familia es por tanto, la primera escuela de virtudes humanas sociales, que todas las sociedades necesitan; por medio de la familia se introduce en la sociedad civil a las personas. Es por ello necesario que los padres consideren la importancia que tiene la familia en la formación de futuros ciudadanos que dirijan los destinos del país, considerando que la educación es un proceso artesanal, personalizado, en donde se educa uno a uno; no puede hacerse industrialmente, por lo que solo puede hacerse en el seno de la familia. Uno de los deberes más importantes de la familia, por lo tanto, es el de ir introduciendo a los hijos en los ámbitos más valiosos de la vida, como son los de: a) Ayudar a los hijos a descubrir los bienes trascendentes. b) Iniciarlos en el sentido del dolor y del sufrimiento. c) Iniciarlos en el sentido del trabajo. d) Iniciarlos en el sentido del amor y la solidaridad tomado de:http://www.depadresahijos.org/valores/familia_importancia.html | ||
lunes, 10 de marzo de 2014
IMPORTANCIA DE LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN EN VALORES
EDUCAR LA INTELIGENCIA
La vocación y la misión de todo ser humano consiste en lograr el ideal adecuado a su dignidad. Educar es, pues, ofrecer ese supremo valor –el ideal humano- a la inteligencia y a la voluntad. Es de enorme importancia enseñar desde muy temprano a los niños a reflexionar sobre sus experiencias, para no quedarse en sus impresiones, deseos e impulsos inmediatos y dejar, así su vida vacía de sentido. Esto exige educar la inteligencia para alcanzar la capacidad de pensar con rigor y la voluntad de vivir de forma creativa[1]
Pensamiento riguroso
El niño tiene en sí mismo la capacidad de pensar, y a nosotros nos corresponde enseñarle a pensar bien. A nuestro alrededor hay realidades que, en sí mismas, no tienen poder de iniciativa, como un martillo, una piedra, unos zapatos... Estos “objetos” están frente al hombre, le son distintos, externos y extraños, y él puede analizarlos sin comprometer su propio ser. Sin embargo hay otras realidades que, aun presentando las mismas características que un “objeto” –ocupan un lugar en el espacio, son mensurables, asibles, etc...-, en cierto sentido son indelimitables. Por ejemplo, una persona. En cuanto ser corpóreo, puede ser pesada, medida, tocada..., pero ¿puede delimitarse lo que abarca en el aspecto familiar, el ético, el religioso, el afectivo...? Está claro que no, pues el ser humano, aunque tiene una dimensión objetiva, constituye todo un ámbito de realidad.
Y la misma diferencia existe entre los meros hechos de la vida cotidiana y los acontecimientos. Cada día aterrizan cientos de aviones que realizan travesías intercontinentales. Pero, la primera vez que un avión consiguió sobrevolar el Atlántico, su hazaña supuso todo un acontecimiento de enormes repercusiones para el futuro. A diario disfruta el niño del amor abnegado de sus padres, de sus cuidados y atenciones. Pero hay un día al año de resonancia muy especial: el aniversario de su nacimiento. Constituye un ámbito de agradecimiento, porque un día vino a la existencia; de alegría, porque ahora forma parte de la familia; de gozo, por poder compartir la vida con él. Es la fiesta de la participación en el hogar.
Si vemos todo borrosamente y no distinguimos unas realidades de otras, empobrecemos peligrosamente nuestra existencia, pues sólo los ámbitos pueden encontrarse entre sí, no los objetos. Con meros objetos no podemos tener experiencias de encuentro, que son las que llevan al hombre a su realización personal. Por eso, lo decisivo en la vida es elevar todo lo posible los objetos a condición de ámbitos, y evitar en toda circunstancia practicar el reduccionismo, que consiste en reducir de valor las realidades y acontecimientos de la vida.
Dimensiones de una inteligencia madura
La distinción aquilatada de los diversos modos de realidad encierra una extraordinaria importancia pedagógica, pues nos encamina por la vía de la madurez humana. Al ajustar su mente a cada tipo de realidades y acontecimientos, el niño descubre qué actitud corresponde a cada modo o nivel de realidad. Con ello, pone en tensión la mente y cultiva las tres dimensiones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud y profundidad.
Largo alcance (ver más allá de lo inmediato)
Debemos ejercitar la capacidad de superar las apariencias, penetrar en cada una de las realidades y captar su sentido profundo. Esto supone hacer justicia a cada realidad y reconocer en cada instante en qué nivel de realidad nos estamos moviendo. La mera libertad de movimientos puede parecer, a primera vista, la forma óptima de libertad, cuando la capacidad de movimientos es total. Pero una inteligencia de largo alcance penetra más allá de la apariencia y se percata enseguida de que la libertad de maniobra es una forma muy sencilla y pobre de libertad. El que sigue en cada momento la voz de sus impulsos y de sus apetencias más inmediatas, lejos de ser libre, es esclavo de sus propias pulsiones. La auténtica libertad consiste en elegir únicamente las posibilidades que nos ayuden a crecer como personas y alcanzar el ideal ajustado al ser humano.
2. Amplitud (considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo)
Para comprender el rango y el valor de nuestras acciones, debemos contemplarlas en el contexto concreto en que están inmersas. La relación sexual íntima, por ejemplo, es vehículo expresivo del amor entre dos personas. Pero, si se la desgaja de éste, se la vacía de sentido, se la rebaja de rango; del nivel 2 de la creatividad se la reduce al nivel 1 de la mera búsqueda de gratificaciones personales[2]. Esta forma de ver en conjunto constituye la segunda condición de la inteligencia madura: la amplitud.
3. Profundidad (ahondar en la articulación profunda de las experiencias y descubrir su sentido)
Una inteligencia penetrante tiende a conocer a fondo el lenguaje de la vida creativa, a tener una idea clara de la plenitud de sentido de cada término, de la densidad de contenido que le corresponde, de su verdadero poder expresivo.
Al oír, por ejemplo, la palabra libertad, debemos ponerla en relación con todos los términos vinculados a ella: creatividad, valores, sentido de la vida, obligación, normas, cauces... Una inteligencia madura ahonda en las implicaciones últimas de cada realidad o suceso de la vida humana.
Las tres dimensiones de la inteligencia exigen poner la mente en tensión para ver más allá de lo inmediato, considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo y poner de relieve su sentido. Una inteligencia madura supone el ejercicio de un pensamiento riguroso y la voluntad de vivir de forma creativa.
Si aprende a reflexionar, a no quedarse en la primera impresión u opinión, el niño contempla las realidades con hondura y en su mutua vinculación. Al pensar con rigor, descubre las leyes básicas del desarrollo humano y prevé qué actitudes lo van a llevar a su plenitud como persona y cuáles, por el contrario, anularán la formación armónica de su personalidad. Así, es capaz de elaborar sus propios juicios de manera coherente y bien fundamentada antes de formarse una opinión o adoptar una actitud. Porque pensar con rigor no implica sólo dominar los preceptos de la lógica; supone una actitud colaboradora con las realidades del entorno. Por eso, estudiar cómo pensar con rigor nos lleva naturalmente a reflexionar sobre la creatividad.
La creatividad
Actualmente, en todos los ámbitos y especialmente en la escuela, se intenta fomentar la creatividad, que el diccionario define como “la capacidad de hacer surgir algo de la nada”. A partir de esta primera y elemental definición, la palabra se abre a un abanico de interpretaciones. Suele entenderse, ante todo, por creatividad la actividad de un artista que da a luz obras sobresalientes. Esto es cierto, pero no agota el significado del vocablo.
Si queremos “educar en la creatividad” y que nuestro proyecto educativo sea coherente y eficaz, es indispensable clarificar debidamente qué implica la actividad creadora, qué exigencias plantea, cuál es su articulación interna. En primer lugar, la persona creativa ¿hace siempre surgir algo de la nada? Si entendemos que no hay una materia previa que sustente a la experiencia creativa, o que ésta no existía antes de que se la hiciera brotar, ciertamente surge de la nada. Pero una experiencia creativa no puede darse a solas; es fruto de una experiencia reversible; implica la apertura del sujeto creador a realidades de su entorno; no a meros objetos, sino a realidades que tienen rango de ámbitos. De ahí que la creatividad presente diversos grados, desde la actividad artística de los grandes genios universales hasta la de la persona más humilde y sencilla, que sabe distinguir los objetos de los ámbitos y crea relaciones de encuentro.
Somos creativos cuando asumimos activamente alguna posibilidad que nos brinda la realidad y colaboramos a que surja algo nuevo dotado de valor. Asumir “activamente” quiere decir que ofrecemos, al mismo tiempo, nuestras propias posibilidades. Esas posibilidades recibidas permiten a nuestras potencialidades desarrollar capacidades propias. Y, como fruto de ese encuentro, se alumbra algo nuevo que encierra cierto valor. A solas, nuestras potencias tienen un radio de acción muy limitado, si es que tienen alguno. Una persona puede estar dotada de una gran capacidad para la interpretación musical; sus potencias le permitirían llegar a ser un virtuoso del piano, pero, si no tiene posibilidad de acercarse a tal instrumento, sus potencias no podrán desarrollarse.
Saint-Exupéry recuerda un viaje en un tren repleto de gente de extracción social baja. Un niño pequeño dormía arrebujado entre sus padres. El autor francés se quedó mirando la carita del niño y recordó la figura del gran compositor Wolfang Amadeus Mozart. Y pensó que probablemente ese niño tuviera en sí potencias como para llegar a ser un gran músico, pero temió que la vida no le iba a ofrecer las posibilidades necesarias, con lo cual sus potencias quedarían ahogadas en agraz. Después de una larga reflexión, cuando el escritor separa ya definitivamente los ojos del niño, en su fuero interno lo considera como un “Mozart asesinado” (“Mozart assassiné”)[3].
Ser creativo significa que uno está abierto a las realidades del entorno, se esfuerza en captar sus diversas posibilidades y está dispuesto a entrar en relación de trato con ellas y dar lugar a realidades nuevas y valiosas: obras de arte, tal vez, pero también toda suerte de experiencias reversibles y, sobre todo, relaciones de encuentro personal.
Además, y esto encierra enorme importancia para la educación de los niños, el ejercicio de la creatividad desarrolla al máximo en el hombre la capacidad de admiración. Ésta constituye el antídoto de la tendencia al reduccionismo, a reducir el valor de cuanto nos rodea y amenguar, así, nuestra capacidad creadora en todos los sentidos. La quiebra de la creatividad nos lleva al escepticismo, al nihilismo y consiguientemente, al absurdo. Debemos esforzarnos en enseñar a los niños a admirar lo valioso, para que se abran a los valores en actitud creativa, y se entusiasmen con ellos al sentir que los llevan al cumplimiento de su propia vocación: ser personas en plenitud.
La creatividad suscita entusiasmo por los valores, y éstos a su vez potencian la creatividad. Si no se propicia que el niño se abra activamente a las realidades valiosas que se le ofrecen, no sentirá entusiasmo. Sin entusiasmo no tendrá motivación alguna para cumplir las condiciones del encuentro. De éstas depende toda relación de intimidad entre esa realidad valiosa y él. Sin tal intimidad, la realidad valiosa se le aparecerá como extraña, y no le interesará, le dejará indiferente. La indiferencia lleva al hombre al desinterés y la apatía, actitudes ambas de efectos temibles que inquietan sobremanera a los educadores.
Todos podemos ser creativos, al menos en el sentido de fundar vínculos valiosos con las realidades circundantes. Pero, para estar en condiciones de realizar experiencias creativas, debemos reconocer las realidades que son susceptibles de ofrecer posibilidades y distinguirlas de los meros objetos manipulables. Ello exige desarrollar un pensamiento riguroso. Si deseamos fomentar la creatividad, hemos de aprender a pensar bien, ya que creatividad y pensamiento riguroso se exigen mutuamente.
Pensar bien significa básicamente penetrar a fondo en el núcleo de cada realidad o acontecimiento, y hacerles justicia, no violentarlos. Esto supone la utilización precisa de los vocablos adecuados a la cuestión que se está tratando, pues, de lo contrario, se traiciona la realidad, y la comunicación se empobrece hasta hacer inviable el encuentro. Una forma correcta de expresarse facilita la creatividad y el encuentro, mientras que una manera pobre o inadecuada de utilizar el lenguaje no sólo bloquea en el niño las posibilidades creativas sino que lo deja inerme ante los ardides de cualquier manipulador.
Lenguaje y pensamiento están íntimamente ligados: es necesario un pensamiento riguroso para aquilatar bien el sentido de las palabras y frases que pronunciamos, para vincular los conceptos y dar razón de lo que creemos, y también, como es lógico, para saber qué significa e implica lo que hacemos.
Una mente rígida, sin capacidad de profundizar, se quedará encapsulada en cada concepto. Por el contrario, el que vive creativamente es capaz de penetrar en el sentido del lenguaje creativo, que exige tensión de mente y estilo relacional de pensar. Pero la flexibilidad de mente no es innata, y aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa exige la ayuda de un método adecuado para educar la inteligencia, que implica tanto el análisis teórico como la entrega a actividades creativas[4].
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[1] Para todo el tema de pensamiento riguroso y creatividad, véase Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa, BAC, Madrid, 1998.
[2] Para el tema del amor personal, véase A. López Quintás, El amor humano. Su sentido y su alcance. Edibesa, Madrid, 41992.
[3] Cfr. A. de Saint-Esupéry, Terre des hommes, Folio, Gallimard, 1994, pp. 181-182.
[4] En la obra de M. Ángeles Almacellas y Teresita Piscitello Educar la inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y el cine (Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000) se expone ampliamente esta propuesta educativa.
TOMADO DE:http://arvo.net/la-educacion-y-el-colegio/educar-la-inteligencia/gmx-niv138-con10276.htm
Pensamiento riguroso
El niño tiene en sí mismo la capacidad de pensar, y a nosotros nos corresponde enseñarle a pensar bien. A nuestro alrededor hay realidades que, en sí mismas, no tienen poder de iniciativa, como un martillo, una piedra, unos zapatos... Estos “objetos” están frente al hombre, le son distintos, externos y extraños, y él puede analizarlos sin comprometer su propio ser. Sin embargo hay otras realidades que, aun presentando las mismas características que un “objeto” –ocupan un lugar en el espacio, son mensurables, asibles, etc...-, en cierto sentido son indelimitables. Por ejemplo, una persona. En cuanto ser corpóreo, puede ser pesada, medida, tocada..., pero ¿puede delimitarse lo que abarca en el aspecto familiar, el ético, el religioso, el afectivo...? Está claro que no, pues el ser humano, aunque tiene una dimensión objetiva, constituye todo un ámbito de realidad.
Y la misma diferencia existe entre los meros hechos de la vida cotidiana y los acontecimientos. Cada día aterrizan cientos de aviones que realizan travesías intercontinentales. Pero, la primera vez que un avión consiguió sobrevolar el Atlántico, su hazaña supuso todo un acontecimiento de enormes repercusiones para el futuro. A diario disfruta el niño del amor abnegado de sus padres, de sus cuidados y atenciones. Pero hay un día al año de resonancia muy especial: el aniversario de su nacimiento. Constituye un ámbito de agradecimiento, porque un día vino a la existencia; de alegría, porque ahora forma parte de la familia; de gozo, por poder compartir la vida con él. Es la fiesta de la participación en el hogar.
Si vemos todo borrosamente y no distinguimos unas realidades de otras, empobrecemos peligrosamente nuestra existencia, pues sólo los ámbitos pueden encontrarse entre sí, no los objetos. Con meros objetos no podemos tener experiencias de encuentro, que son las que llevan al hombre a su realización personal. Por eso, lo decisivo en la vida es elevar todo lo posible los objetos a condición de ámbitos, y evitar en toda circunstancia practicar el reduccionismo, que consiste en reducir de valor las realidades y acontecimientos de la vida.
Dimensiones de una inteligencia madura
La distinción aquilatada de los diversos modos de realidad encierra una extraordinaria importancia pedagógica, pues nos encamina por la vía de la madurez humana. Al ajustar su mente a cada tipo de realidades y acontecimientos, el niño descubre qué actitud corresponde a cada modo o nivel de realidad. Con ello, pone en tensión la mente y cultiva las tres dimensiones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud y profundidad.
Largo alcance (ver más allá de lo inmediato)
Debemos ejercitar la capacidad de superar las apariencias, penetrar en cada una de las realidades y captar su sentido profundo. Esto supone hacer justicia a cada realidad y reconocer en cada instante en qué nivel de realidad nos estamos moviendo. La mera libertad de movimientos puede parecer, a primera vista, la forma óptima de libertad, cuando la capacidad de movimientos es total. Pero una inteligencia de largo alcance penetra más allá de la apariencia y se percata enseguida de que la libertad de maniobra es una forma muy sencilla y pobre de libertad. El que sigue en cada momento la voz de sus impulsos y de sus apetencias más inmediatas, lejos de ser libre, es esclavo de sus propias pulsiones. La auténtica libertad consiste en elegir únicamente las posibilidades que nos ayuden a crecer como personas y alcanzar el ideal ajustado al ser humano.
2. Amplitud (considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo)
Para comprender el rango y el valor de nuestras acciones, debemos contemplarlas en el contexto concreto en que están inmersas. La relación sexual íntima, por ejemplo, es vehículo expresivo del amor entre dos personas. Pero, si se la desgaja de éste, se la vacía de sentido, se la rebaja de rango; del nivel 2 de la creatividad se la reduce al nivel 1 de la mera búsqueda de gratificaciones personales[2]. Esta forma de ver en conjunto constituye la segunda condición de la inteligencia madura: la amplitud.
3. Profundidad (ahondar en la articulación profunda de las experiencias y descubrir su sentido)
Una inteligencia penetrante tiende a conocer a fondo el lenguaje de la vida creativa, a tener una idea clara de la plenitud de sentido de cada término, de la densidad de contenido que le corresponde, de su verdadero poder expresivo.
Al oír, por ejemplo, la palabra libertad, debemos ponerla en relación con todos los términos vinculados a ella: creatividad, valores, sentido de la vida, obligación, normas, cauces... Una inteligencia madura ahonda en las implicaciones últimas de cada realidad o suceso de la vida humana.
Las tres dimensiones de la inteligencia exigen poner la mente en tensión para ver más allá de lo inmediato, considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo y poner de relieve su sentido. Una inteligencia madura supone el ejercicio de un pensamiento riguroso y la voluntad de vivir de forma creativa.
Si aprende a reflexionar, a no quedarse en la primera impresión u opinión, el niño contempla las realidades con hondura y en su mutua vinculación. Al pensar con rigor, descubre las leyes básicas del desarrollo humano y prevé qué actitudes lo van a llevar a su plenitud como persona y cuáles, por el contrario, anularán la formación armónica de su personalidad. Así, es capaz de elaborar sus propios juicios de manera coherente y bien fundamentada antes de formarse una opinión o adoptar una actitud. Porque pensar con rigor no implica sólo dominar los preceptos de la lógica; supone una actitud colaboradora con las realidades del entorno. Por eso, estudiar cómo pensar con rigor nos lleva naturalmente a reflexionar sobre la creatividad.
La creatividad
Actualmente, en todos los ámbitos y especialmente en la escuela, se intenta fomentar la creatividad, que el diccionario define como “la capacidad de hacer surgir algo de la nada”. A partir de esta primera y elemental definición, la palabra se abre a un abanico de interpretaciones. Suele entenderse, ante todo, por creatividad la actividad de un artista que da a luz obras sobresalientes. Esto es cierto, pero no agota el significado del vocablo.
Si queremos “educar en la creatividad” y que nuestro proyecto educativo sea coherente y eficaz, es indispensable clarificar debidamente qué implica la actividad creadora, qué exigencias plantea, cuál es su articulación interna. En primer lugar, la persona creativa ¿hace siempre surgir algo de la nada? Si entendemos que no hay una materia previa que sustente a la experiencia creativa, o que ésta no existía antes de que se la hiciera brotar, ciertamente surge de la nada. Pero una experiencia creativa no puede darse a solas; es fruto de una experiencia reversible; implica la apertura del sujeto creador a realidades de su entorno; no a meros objetos, sino a realidades que tienen rango de ámbitos. De ahí que la creatividad presente diversos grados, desde la actividad artística de los grandes genios universales hasta la de la persona más humilde y sencilla, que sabe distinguir los objetos de los ámbitos y crea relaciones de encuentro.
Somos creativos cuando asumimos activamente alguna posibilidad que nos brinda la realidad y colaboramos a que surja algo nuevo dotado de valor. Asumir “activamente” quiere decir que ofrecemos, al mismo tiempo, nuestras propias posibilidades. Esas posibilidades recibidas permiten a nuestras potencialidades desarrollar capacidades propias. Y, como fruto de ese encuentro, se alumbra algo nuevo que encierra cierto valor. A solas, nuestras potencias tienen un radio de acción muy limitado, si es que tienen alguno. Una persona puede estar dotada de una gran capacidad para la interpretación musical; sus potencias le permitirían llegar a ser un virtuoso del piano, pero, si no tiene posibilidad de acercarse a tal instrumento, sus potencias no podrán desarrollarse.
Saint-Exupéry recuerda un viaje en un tren repleto de gente de extracción social baja. Un niño pequeño dormía arrebujado entre sus padres. El autor francés se quedó mirando la carita del niño y recordó la figura del gran compositor Wolfang Amadeus Mozart. Y pensó que probablemente ese niño tuviera en sí potencias como para llegar a ser un gran músico, pero temió que la vida no le iba a ofrecer las posibilidades necesarias, con lo cual sus potencias quedarían ahogadas en agraz. Después de una larga reflexión, cuando el escritor separa ya definitivamente los ojos del niño, en su fuero interno lo considera como un “Mozart asesinado” (“Mozart assassiné”)[3].
Ser creativo significa que uno está abierto a las realidades del entorno, se esfuerza en captar sus diversas posibilidades y está dispuesto a entrar en relación de trato con ellas y dar lugar a realidades nuevas y valiosas: obras de arte, tal vez, pero también toda suerte de experiencias reversibles y, sobre todo, relaciones de encuentro personal.
Además, y esto encierra enorme importancia para la educación de los niños, el ejercicio de la creatividad desarrolla al máximo en el hombre la capacidad de admiración. Ésta constituye el antídoto de la tendencia al reduccionismo, a reducir el valor de cuanto nos rodea y amenguar, así, nuestra capacidad creadora en todos los sentidos. La quiebra de la creatividad nos lleva al escepticismo, al nihilismo y consiguientemente, al absurdo. Debemos esforzarnos en enseñar a los niños a admirar lo valioso, para que se abran a los valores en actitud creativa, y se entusiasmen con ellos al sentir que los llevan al cumplimiento de su propia vocación: ser personas en plenitud.
La creatividad suscita entusiasmo por los valores, y éstos a su vez potencian la creatividad. Si no se propicia que el niño se abra activamente a las realidades valiosas que se le ofrecen, no sentirá entusiasmo. Sin entusiasmo no tendrá motivación alguna para cumplir las condiciones del encuentro. De éstas depende toda relación de intimidad entre esa realidad valiosa y él. Sin tal intimidad, la realidad valiosa se le aparecerá como extraña, y no le interesará, le dejará indiferente. La indiferencia lleva al hombre al desinterés y la apatía, actitudes ambas de efectos temibles que inquietan sobremanera a los educadores.
Todos podemos ser creativos, al menos en el sentido de fundar vínculos valiosos con las realidades circundantes. Pero, para estar en condiciones de realizar experiencias creativas, debemos reconocer las realidades que son susceptibles de ofrecer posibilidades y distinguirlas de los meros objetos manipulables. Ello exige desarrollar un pensamiento riguroso. Si deseamos fomentar la creatividad, hemos de aprender a pensar bien, ya que creatividad y pensamiento riguroso se exigen mutuamente.
Pensar bien significa básicamente penetrar a fondo en el núcleo de cada realidad o acontecimiento, y hacerles justicia, no violentarlos. Esto supone la utilización precisa de los vocablos adecuados a la cuestión que se está tratando, pues, de lo contrario, se traiciona la realidad, y la comunicación se empobrece hasta hacer inviable el encuentro. Una forma correcta de expresarse facilita la creatividad y el encuentro, mientras que una manera pobre o inadecuada de utilizar el lenguaje no sólo bloquea en el niño las posibilidades creativas sino que lo deja inerme ante los ardides de cualquier manipulador.
Lenguaje y pensamiento están íntimamente ligados: es necesario un pensamiento riguroso para aquilatar bien el sentido de las palabras y frases que pronunciamos, para vincular los conceptos y dar razón de lo que creemos, y también, como es lógico, para saber qué significa e implica lo que hacemos.
Una mente rígida, sin capacidad de profundizar, se quedará encapsulada en cada concepto. Por el contrario, el que vive creativamente es capaz de penetrar en el sentido del lenguaje creativo, que exige tensión de mente y estilo relacional de pensar. Pero la flexibilidad de mente no es innata, y aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa exige la ayuda de un método adecuado para educar la inteligencia, que implica tanto el análisis teórico como la entrega a actividades creativas[4].
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[1] Para todo el tema de pensamiento riguroso y creatividad, véase Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa, BAC, Madrid, 1998.
[2] Para el tema del amor personal, véase A. López Quintás, El amor humano. Su sentido y su alcance. Edibesa, Madrid, 41992.
[3] Cfr. A. de Saint-Esupéry, Terre des hommes, Folio, Gallimard, 1994, pp. 181-182.
[4] En la obra de M. Ángeles Almacellas y Teresita Piscitello Educar la inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y el cine (Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000) se expone ampliamente esta propuesta educativa.
TOMADO DE:http://arvo.net/la-educacion-y-el-colegio/educar-la-inteligencia/gmx-niv138-con10276.htm
lunes, 17 de febrero de 2014
martes, 11 de febrero de 2014
lunes, 10 de febrero de 2014
Cómo convivir dentro de la familia
Sí, las familias son columnas de una sociedad sana. Cuando sucede lo contrario se resquebraja la armonía, se pierden las ganas de vivir, el caos lo invade todo.
Ciertamente la mayoría de las familias merecen mejor opinión de la que con frecuencia se tiene de ellas.
Pero no cerremos los ojos frente a ciertas señales evidentes de peligro. Frecuentemente el crimen está ligado directamente con el fracaso de la vida familiar.
Es por eso que cada familia debe reconocer su responsabilidad ineludible para la buena marcha de esa sociedad donde actuamos y vivimos y que siempre queremos mejor.
Para ello es necesario el aprecio mutuo entre los papás; también cuando pasan los años se ven muchas veces, sólo cosas negativas que antes se disculpaban, se toleraban...
SER SINCEROS. Imprescindible es el consultarse mutuamente y siempre que sea necesario, compartiendo abierta y confiadamente las opiniones. Sinceridad en todo, sin secretillos de ninguna naturaleza, que suelen acarrear un maremoto de celos de imprevisibles consecuencias para la paz del hogar.
Es necesario mirarse el uno al otro como personas y no únicamente como "padres". Debe resaltar siempre lo bueno, corrigiendo con cariño y comprensión los desaciertos.
Jamás una reprimenda, o "decirse cositas" frente a los hijos... ¡porque eso no lo olvidarán jamás! También en cuanto a la educación de los hijos deben hacerse un plan y trabajar los dos mancomunados, unidos... pues si uno dice "si", y el otro dice "no", desconcierta... si una parte permite todo, o desacredita y la otra parte trata de poner un orden en la vida familiar, desorienta a los hijos que generalmente se sienten heridos en el alma, o tratan de sacar "ventajitas" de las desavenencias de sus propios padres...
PREVENIR. Nadie en la vida está libre de momentos desagradables, pero es necesario prevenir, medir las palabras y actitudes, pensando en las consecuencias; la bondad, el perdón, el diálogo y muchas veces el silencio antes que las palabras fuera de lugar. Son piezas claves para la armonía familiar. Conviene recordar aquí lo que decía San Francisco de Sales: "caza más moscas una gota de miel que un barril de vinagre.
Desastres familiares provienen generalmente de cosas pequeñas que se amontonan y nunca se quiere enfrentar y aceptar para darle adecuada solución... y luego resulta tarde. Un divorciado confiaba esto: "Hubo en mi matrimonio malos ratos que yo pensaba que eran intolerables... hasta que he descubierto que la vida es más intolerable sin ellos". Al respecto aconsejaba el cardenal Feltin: "Que los esposos no se hagan ilusiones: la felicidad que los esposos encontrarán en el hogar será siempre fruto de una renuncia recíproca. El amor tendrá que ser purificado y cultivado siempre, debe construirse sin descanso, no existe un estado definitivo, una conquista definitiva del amor".
Cuando pensamos que la felicidad del hogar es completa, siempre surge un nuevo deseo... Lo importante: actuar siempre sin egoísmos, que es como un cáncer que carcome toda ilusión. La mayoría de los enfrentamientos entre esposos, o entre padres e hijos se debe a que sobra calle y falta hogar, sobran palabras y falta silencio; sobra bulla, bochinche y falta diálogo y oración.
(Tomado de Cristo Hoy)
por: Lorenzo Bovier
por: Lorenzo Bovier
ENCONTRADO EN:http://www.aciprensa.com/Familia/convivir.htm
La increíble resistencia francesa a la desnaturalización del matrimonio
El domingo 26 se celebró una nueva “manif por tous”, frase acuñada contra el “mariage por tous”, que ha transformado radicalmente el concepto de matrimonio en el famoso Código de Napoleón, abriéndolo a parejas del mismo sexo. Como de costumbre, no coinciden las cifras, pero sobrecogen: más de un millón según los organizadores, 150.000 según la policía. En todo caso, como titula la newsletter de Le Monde, fue una demostración de fuerza de los “anti-mariage gay”. La presencia de esa multitud se avalora por el hecho de que la ley está ya promulgada, tras su aceptación por el organismo francés de control constitucional.
Lógicamente, los partidos mayoritarios dieron mucha importancia política al evento, aunque los organizadores insisten en que su propósito es estrictamente social y familiar. El ministro del interior, Manuel Valls, llegó a desaconsejar a la gente que acudieran con sus hijos, por razones de orden público: en el fondo, molestan mucho las imágenes de familias amplias, alegres, que defienden con optimismo y buen humor unos modos de vida que, de hecho, no coinciden con los resultados de tantos sondeos de opinión.
Nadie hizo caso al ministro. Más bien, está siendo fuertemente criticado por su intento de limitar la libertad ciudadana, así como por su amenaza de prohibir a algunos de los movimientos surgidos en torno a esta cuestión –acusados de extremismo–, que se han dado a sí mismos el nombre de “primavera francesa”.
La superación del mayo francés de 1968Más entidad tienen algunos análisis que comparan la situación actual con otra primavera más antigua: el mayo francés. Si algunos principios de aquella gran revuelta en la Francia del general De Gaulle siguen informando hoy las políticas de partidos de la izquierda, las diversas “manif pour tous” han desvelado la existencia de una franja amplia de gente joven que se opone a ese radical individualismo, que está en el origen de otras muchas injusticias.
Desde el poder, se intenta combatir el movimiento apelando al orden público, frente a mínimos incidentes: nada, comparado con los que se produjeron en el Trocadéro con la celebración del campeonato de fútbol ganado por el París-Saint Germain. De otra parte, tratan a esa oposición como si fuera algo propio de la extrema derecha, cuando los hechos demuestran hasta la saciedad que no es así. En fin, pretenden presentarlo como un intento de la Jerarquía católica de influir en la vida pública, que dividiría a los propios creyentes…
Nunca faltan palabras disidentes del resto de un progresismo decadente como el de Témoignage Chrétien (reducido ya a una mínima presencia digital, aunque tiene el eco de Le Monde y La Croix). Pero la realidad es que la postura inequívoca de los obispos franceses poco tiene que ver con viejos confesionalismos: en este punto, se ha producido una coincidencia casi unánime de todas las confesiones religiosas.
Nadie podía imaginar que en Francia se produjera un rechazo tan amplio a un proyecto que invoca ideas tan suyas como las de igualdad y libertad. Queda por ver ahora la intensidad en los próximos meses: la presidente de “Manif por tous”, Ludovine de La Rochère, declaró con fuerza al final de la concentración del domingo que “proseguiremos el combate en toda Francia”.
El futuro de la protesta socialLa batalla se complica por el interés de algunas formaciones políticas. El apoyo –como el del presidente de UMP, Jean-François Copé– incluye también una cierta invitación a trasladar a la política el serio compromiso social que han desarrollado a lo largo de los últimos meses: en 2014 se celebran elecciones municipales en el país vecino.
No faltan quienes intentan dividir a los católicos, resucitando la vieja cuestión del conservadurismo frente al progreso y la modernidad, con un cierto enfrentamiento hacia la Jerarquía. Mons. Jean-Luc Brunin, encargado de las cuestiones de familia y sociedad en la conferencia episcopal francesa, afirma con claridad: “La Iglesia ha contribuido a la reflexión y a sacar a la sociedad de la uniformidad de pensamiento que se le ha querido imponer”; y matiza que “no se ha colocado en un terreno político ni de confrontación”.
Lo cierto es los militantes de Civitas, organización próxima a los lefebvrianos, tuvieron su propia manifestación en otra parte de París. Los tres cortejos de la “manif por tous”, con participantes que repetían una vez más en su acción de protesta, acabaron juntos en los Invalides después del mediodía y, según informa La Croix, “los movimientos de extrema derecha eran invisibles”. Como declaraba uno de los portavoces, Tugdual Derville, los ultras no mancharán una acción que no obedece a ninguno de los “códigos habituales de los movimientos sociales”: “no defendemos intereses de una categoría, sino a los seres humanos más frágiles. Justamente porque la ley ha sido promulgada, vamos a convertirnos en centinelas de la injusticia”.
En realidad, y a diferencia de las recordadas manifestaciones de 1984 por la libertad de enseñanza frente a Mitterrand, no existe ahora ningún interés particular o inmediato: los participantes defienden una visión de la persona humana en tiempos de crisis de civilización. La incógnita es cómo se articulará esa protesta social en un futuro inmediato. De momento, ha servido para mostrar cómo inciden sobre la familia los debates políticos, sociales y religiosos.
jueves, 30 de enero de 2014
El valor de la fidelidad matrimonial
D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.
-¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?
-A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y
Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de "talismán": parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.
Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente.
Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.
De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.
-Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?
-La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.
-Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia...
-Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.
Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.
Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: "No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue".
-En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?
-En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.-¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad? -Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.
Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro -nivel 2-. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.
-Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente...
-Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.
María Ángeles Almacellas,
Doctora en Filosofía. Universidad Complutense, Madrid.
Fuente: www.Catholic.net
Doctora en Filosofía. Universidad Complutense, Madrid.
Fuente: www.Catholic.net
REFERENCIA: http://www.aciprensa.com/Familia/fidelidad.htm
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