sábado, 26 de abril de 2014

No hay padres perfectos


“Buscamos una niñera para Linda, una preciosa niñita de cinco años, hermosa, sensible, creativa, inteligente y expresiva”. Así rezaba un anuncio publicado en un periódico de Estados Unidos en el que unos padres buscaban una niñera para cuidar de su hija. Sin ningún pudor, los padres consideraban a su hija como una niña especial, distinta, exclusiva, como les sucede a tantos padres de hoy, que también están obsesionados con la educación y formación de sus hijos.
Gregorio Luri (Pamplona, 1955), docente, experto en formación familiar, doctor en Filosofía, analiza en Mejor educados (1) esta actitud de muchos padres actuales que quieren ser novedosos en sus métodos pedagógicos, que ponen en los hijos unas desproporcionadas expectativas que luego resulta muy complicado que se hagan realidad.
Olvídese de la “psicología positiva”
En uno de sus anteriores libros, La educación contra el mundo (cfr. Aceprensa 7-07-2010), Luri demostraba, con mucho acierto, las consecuencias de unas leyes educativas apoyadas en ideas filosóficas y pedagógicas ampulosamente calificadas de progresistas, pero con un conocimiento errático de lo que es el mundo de la educación y la condición humana. Por desgracia, estas ideas no solo han calado en el ámbito educativo sino que también se han trasladado al mundo familiar, modelando el discurso afectivo y educativo hacia una “psicología positiva” ampliamente ridiculizada en algunos apartados de este libro. Esta psicología, contaminada por la literatura de autoayuda y la moda New Age, se transforma en una “moral acaramelada” que, subraya Luri, “ofrece ejemplos de una cursilería casi perfecta”.
“Este libro que tienes en tus manos –escribe el autor– surge de la convicción de que, sean las que sean las incertidumbres del presente, hay tres condiciones imprescindibles para encarar los retos de la paternidad con alguna garantía de éxito: la tranquilidad, la sensatez y el amor familiar”. En el libro no duda en recurrir a Los Simpson, la popular serie televisiva, no porque sean un ejemplo de padres perfectos (que no lo son; al contrario) sino porque son capaces de reconocer sus errores y de mantener unida a la familia pase lo que pase.
Luri quiere rebajar así las graves responsabilidades a las que se someten los padres actuales, por lo que les propone admitir los fallos, actitud que deben también transmitir a sus hijos, pues no todos son unos genios ni unos dechados de excelencia. Es cierto que educar hoy, comparado con el reciente pasado, es más complicado, pues el contexto social y familiar puede ayudar poco; pero eso no debe significar cuestionar absolutamente todos los valores y métodos para sustituirlos por otros políticamente correctos y de dudoso éxito y viabilidad.
Saber poner reglasLo primero que deben tener claro los padres, y que no lo suelen tener ni siquiera las escuelas modernas, es la respuesta a una pregunta obligada: ¿qué es un buen hijo? El libro de Luri, de manera muy amena y concreta, intenta dar respuesta a esta trascendental pregunta. Y lo hace cuestionando a menudo los valores pedagógicos asentados en la sociedad actual.
Por ejemplo, el primer capítulo lo dedica a la importancia de la disciplina en la educación de los hijos. “No hay nada más inteligente que ser disciplinados”. Para conseguir esto no hace falta, en el ámbito familiar, poner mil reglas, “sino pocas y suficientemente claras para no tener que estar continuamente discutiéndolas”. Luri reflexiona con claridad sobre los castigos, las medidas disciplinarias y los excesos. “Cuando los padres no ponen las normas, los hijos tienen que descubrirlas”.
Transparencia en la escuelaTras la disciplina, aborda el papel de la escuela y de los profesores. Para Luri, no existe la escuela perfecta, pero sí existen unos parámetros que todas deberían más o menos cumplir para conseguir lo mejor de los alumnos. Luri defiende la necesidad de la transparencia para que los padres conozcan con datos fiables la calidad educativa de los centros. Además, desconfía de los docentes que se han convertido en profetas de la “psicología positiva”: “cada vez que oigo a un maestro defender que su trabajo no es transmitir conocimientos, sino hacer felices a sus alumnos, me compadezco de estos. Tienen muchas posibilidades de salir de la escuela infelices e incultos”.
Y pone el dedo en la llaga de una realidad bien palpable para los que se dedican a la educación: la de los padres que atosigan a los hijos y los profesores con su obsesión por cualquier retraso de su hijos. Y lo explica: “los padres con títulos universitarios consideran que su obligación moral es implicarse activamente en la vida de sus hijos, registrando minuciosamente sus progresos, viviendo con preocupación todo aquello que sospechan que puede entenderse como un retraso evolutivo, consultando a especialistas –y en Google, claro–, y haciendo todo cuanto pueden por estimular las capacidades cognitivas y sociales del niño. Y allá donde no llegan ellos, acuden a clases particulares de idiomas, kárate o Kumon. Sin embargo, son estos los padres que suelen mostrarse más inquietos por no disponer de suficiente tiempo para atender a sus hijos”.
Luri habla del rol de los padres y de la importancia de los valores; también de la influencia de la televisión, las pantallas, Internet, las redes sociales: “una familia no es un grupo de personas reunidas en torno a un televisor”. Ironiza sobre los padres hiperprotectores, los que consideran que su hijo es un genio incomprendido y los preocupados por apuntar a los hijos al mayor número posible de actividades extraescolares: “no hay arte marcial –escribe–, por extraño que sea, que no lo practique un grupo de niños españoles”. Defiende la importancia de la lectura, del silencio, del aburrimiento y de la amistad, como antídotos de algunos abusos modernos. Sobre la educación diferenciada aporta unos datos que demuestran a las claras cómo hoy día esta educación contribuye a mejorar los resultados, especialmente de los chicos.
Luri derrocha sentido común: “educar a nuestro hijo en el interior de una burbuja narcisista no le hace ningún bien”. Y dice a los padres verdades de perogrullo que, sin embargo, están hoy día olvidadas y difuminadas entre una maraña de consejitos y obsesiones pseudopedagógicas: “A vuestro hijo lo educáis con vuestros consejos, pero sobre todo con vuestro ejemplo”, advierte.
Mejor educados es, pues, un libro de mucho interés para padres, profesores y todas aquellas personas vinculadas a la educación. Proporciona ideas para buenos debates y muchos temas de conversación.
TOMADO DE:http://www.aceprensa.com/articles/no-hay-padres-perfectos/

martes, 15 de abril de 2014

LAS TRES "C" DEL MATRIMONIO

Posted: 15 Apr 2014 07:53 AM PDT
Contraer matrimonio supone una importante toma de decisión y como tal, no puede hacerse a la ligera. Decidir casarse no es seguir como estábamos pero con papeles, tampoco puede ser algo que comienza llevados únicamente de lo afectivo.
Lo primero que necesita el matrimonio como tal es un compromiso De fidelidad, de seguir juntos y poner todos los medios para cumplirlo. Lo fundamental del compromiso es el acto libre de entregar la propia libertad por amor.
El mero compromiso puede parecer algo frío y poco humano, por eso es bueno aliñarlo concariñoTodas las relaciones humanas están llamadas al desgaste, nada como el cariño y la delicadeza en el trato para lubricar los roces. No es el fundamento, pero sí algo muy necesario y útil para apuntalar el compromiso.
Y como en toda iniciativa o aventura, hace falta tener confianzaY ésta en una triple dimensión: confianza en uno mismo, en el otro y en la propia institución del matrimonio. La confianza en uno mismo empieza con el conocimiento propio, el fomento de la autoestima, queriéndose y exigiéndose y pidiendo ayuda cuando sea necesario. La confianza en el otro supone creer que es capaz de lo mejor y hacer todo lo posible por ayudarle. Y juntos, confianza en que el matrimonio es una institución perfectamente válida en el s XXI. Es cierto que pueden llegar malos momentos, en ese caso habrá que pedir ayuda y redoblar el compromiso, el cariño y la confianza, las tres “C” del matrimonio

miércoles, 9 de abril de 2014

No hay padres perfectos


“Buscamos una niñera para Linda, una preciosa niñita de cinco años, hermosa, sensible, creativa, inteligente y expresiva”. Así rezaba un anuncio publicado en un periódico de Estados Unidos en el que unos padres buscaban una niñera para cuidar de su hija. Sin ningún pudor, los padres consideraban a su hija como una niña especial, distinta, exclusiva, como les sucede a tantos padres de hoy, que también están obsesionados con la educación y formación de sus hijos.
Gregorio Luri (Pamplona, 1955), docente, experto en formación familiar, doctor en Filosofía, analiza en Mejor educados (1) esta actitud de muchos padres actuales que quieren ser novedosos en sus métodos pedagógicos, que ponen en los hijos unas desproporcionadas expectativas que luego resulta muy complicado que se hagan realidad.
Olvídese de la “psicología positiva”
En uno de sus anteriores libros, La educación contra el mundo (cfr. Aceprensa 7-07-2010), Luri demostraba, con mucho acierto, las consecuencias de unas leyes educativas apoyadas en ideas filosóficas y pedagógicas ampulosamente calificadas de progresistas, pero con un conocimiento errático de lo que es el mundo de la educación y la condición humana. Por desgracia, estas ideas no solo han calado en el ámbito educativo sino que también se han trasladado al mundo familiar, modelando el discurso afectivo y educativo hacia una “psicología positiva” ampliamente ridiculizada en algunos apartados de este libro. Esta psicología, contaminada por la literatura de autoayuda y la moda New Age, se transforma en una “moral acaramelada” que, subraya Luri, “ofrece ejemplos de una cursilería casi perfecta”.
“Este libro que tienes en tus manos –escribe el autor– surge de la convicción de que, sean las que sean las incertidumbres del presente, hay tres condiciones imprescindibles para encarar los retos de la paternidad con alguna garantía de éxito: la tranquilidad, la sensatez y el amor familiar”. En el libro no duda en recurrir a Los Simpson, la popular serie televisiva, no porque sean un ejemplo de padres perfectos (que no lo son; al contrario) sino porque son capaces de reconocer sus errores y de mantener unida a la familia pase lo que pase.
Luri quiere rebajar así las graves responsabilidades a las que se someten los padres actuales, por lo que les propone admitir los fallos, actitud que deben también transmitir a sus hijos, pues no todos son unos genios ni unos dechados de excelencia. Es cierto que educar hoy, comparado con el reciente pasado, es más complicado, pues el contexto social y familiar puede ayudar poco; pero eso no debe significar cuestionar absolutamente todos los valores y métodos para sustituirlos por otros políticamente correctos y de dudoso éxito y viabilidad.
Saber poner reglasLo primero que deben tener claro los padres, y que no lo suelen tener ni siquiera las escuelas modernas, es la respuesta a una pregunta obligada: ¿qué es un buen hijo? El libro de Luri, de manera muy amena y concreta, intenta dar respuesta a esta trascendental pregunta. Y lo hace cuestionando a menudo los valores pedagógicos asentados en la sociedad actual.
Por ejemplo, el primer capítulo lo dedica a la importancia de la disciplina en la educación de los hijos. “No hay nada más inteligente que ser disciplinados”. Para conseguir esto no hace falta, en el ámbito familiar, poner mil reglas, “sino pocas y suficientemente claras para no tener que estar continuamente discutiéndolas”. Luri reflexiona con claridad sobre los castigos, las medidas disciplinarias y los excesos. “Cuando los padres no ponen las normas, los hijos tienen que descubrirlas”.
Transparencia en la escuelaTras la disciplina, aborda el papel de la escuela y de los profesores. Para Luri, no existe la escuela perfecta, pero sí existen unos parámetros que todas deberían más o menos cumplir para conseguir lo mejor de los alumnos. Luri defiende la necesidad de la transparencia para que los padres conozcan con datos fiables la calidad educativa de los centros. Además, desconfía de los docentes que se han convertido en profetas de la “psicología positiva”: “cada vez que oigo a un maestro defender que su trabajo no es transmitir conocimientos, sino hacer felices a sus alumnos, me compadezco de estos. Tienen muchas posibilidades de salir de la escuela infelices e incultos”.
Y pone el dedo en la llaga de una realidad bien palpable para los que se dedican a la educación: la de los padres que atosigan a los hijos y los profesores con su obsesión por cualquier retraso de su hijos. Y lo explica: “los padres con títulos universitarios consideran que su obligación moral es implicarse activamente en la vida de sus hijos, registrando minuciosamente sus progresos, viviendo con preocupación todo aquello que sospechan que puede entenderse como un retraso evolutivo, consultando a especialistas –y en Google, claro–, y haciendo todo cuanto pueden por estimular las capacidades cognitivas y sociales del niño. Y allá donde no llegan ellos, acuden a clases particulares de idiomas, kárate o Kumon. Sin embargo, son estos los padres que suelen mostrarse más inquietos por no disponer de suficiente tiempo para atender a sus hijos”.
Luri habla del rol de los padres y de la importancia de los valores; también de la influencia de la televisión, las pantallas, Internet, las redes sociales: “una familia no es un grupo de personas reunidas en torno a un televisor”. Ironiza sobre los padres hiperprotectores, los que consideran que su hijo es un genio incomprendido y los preocupados por apuntar a los hijos al mayor número posible de actividades extraescolares: “no hay arte marcial –escribe–, por extraño que sea, que no lo practique un grupo de niños españoles”. Defiende la importancia de la lectura, del silencio, del aburrimiento y de la amistad, como antídotos de algunos abusos modernos. Sobre la educación diferenciada aporta unos datos que demuestran a las claras cómo hoy día esta educación contribuye a mejorar los resultados, especialmente de los chicos.
Luri derrocha sentido común: “educar a nuestro hijo en el interior de una burbuja narcisista no le hace ningún bien”. Y dice a los padres verdades de perogrullo que, sin embargo, están hoy día olvidadas y difuminadas entre una maraña de consejitos y obsesiones pseudopedagógicas: “A vuestro hijo lo educáis con vuestros consejos, pero sobre todo con vuestro ejemplo”, advierte.
Mejor educados es, pues, un libro de mucho interés para padres, profesores y todas aquellas personas vinculadas a la educación. Proporciona ideas para buenos debates y muchos temas de conversación.
_________________________
(1) Gregorio Luri. Mejor educados. Ariel. Barcelona (2014). 232 págs. 17,90 € (papel) / 12,99 € (digital).
TOMADO DE:http://www.aceprensa.com/articles/no-hay-padres-perfectos/

Aceprensa | La dualidad de hombre y mujer, base de la familia

Aceprensa | La dualidad de hombre y mujer, base de la familia

lunes, 10 de marzo de 2014

IMPORTANCIA DE LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN EN VALORES


Es posible que hayas notado que tu hijo, de pocos años, se comporta de forma insegura: no se atreve 
a hacer algunas cosas él solo, le cuesta relacionarse con otros niños, no consigue progresar en sus 
primeros aprendizajes escolares, se rinde al primer intento, tiene un sentido del ridículo muy 
acentuado... Aunque quizás tu hijo es muy pequeño todavía, seguramente te preguntarás si puedes 
hacer algo para conseguir que viva las cosas sin pasarlo tan mal, de una manera más libre y 
espontánea. La respuesta es sí.

La Familia es la base de la sociedad civil, solamente en la familia las personas pueden ser debidamente 
criadas, educadas y recibir la formación de su carácter que les hará buenos hombres y buenos 
ciudadanos.

La familia cumple a nivel social las siguientes funciones:

a) procreación de los futuros ciudadanos;
b) crianza, educación e integración social de las próximas generaciones;
c) permite un equilibrio entre las generaciones;
d) prevención de salud personal y social;
e) permite que se cuiden la 1ra. y 3ª. generaciones.

Estas funciones sociales no las puede cumplir ninguna otra institución que no sea la Familia, de ahí la 
importancia de conocer a fondo como hacerlo.

La familia es el fundamento de toda sociedad bien construida, indispensable para el logro del bien 
común y además aparece como la unión más natural y necesaria a la comunidad; siendo además 
anterior a cualquier otra institución; es primera en el orden de la naturaleza, en relación con las demás 
agrupaciones en las que el hombre y la mujer se pueden encontrar.

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la 
prole y, por tanto, ellos son los primeros y obligados educadores.  Este deber de la educación familiar 
es tan importante que, cuando falta, difícilmente puede suplirse.   Es, pues, deber de los padres formar 
un ambiente familiar animado por el amor que favorezca la educación íntegra, personal y social de los 
hijos.   

La familia es por tanto, la primera escuela de virtudes humanas sociales, que todas las sociedades 
necesitan; por medio de la familia se introduce en la sociedad civil a las personas.  Es por ello 
necesario que los padres consideren la importancia que tiene la familia en la formación de futuros 
ciudadanos que dirijan  los destinos del país, considerando que la educación es un proceso artesanal, 
personalizado, en donde se educa uno a uno; no puede hacerse industrialmente, por lo que solo puede 
hacerse en el seno de la familia.

Uno de los deberes más importantes de la familia, por lo tanto, es el de ir introduciendo a los hijos en 
los ámbitos más valiosos de la vida, como son los de:

a)        Ayudar a los hijos a descubrir los bienes trascendentes.
b)        Iniciarlos en el sentido del dolor y del sufrimiento.
c)        Iniciarlos en el sentido del trabajo.
d)        Iniciarlos en el sentido del amor y la solidaridad

tomado de:http://www.depadresahijos.org/valores/familia_importancia.html




EDUCAR LA INTELIGENCIA

La vocación y la misión de todo ser humano consiste en lograr el ideal adecuado a su dignidad. Educar es, pues, ofrecer ese supremo valor –el ideal humano- a la inteligencia y a la voluntad. Es de enorme importancia enseñar desde muy temprano a los niños a reflexionar sobre sus experiencias, para no quedarse en sus impresiones, deseos e impulsos inmediatos y dejar, así su vida vacía de sentido. Esto exige educar la inteligencia para alcanzar la capacidad de pensar con rigor y la voluntad de vivir de forma creativa[1]

Pensamiento riguroso 

El niño tiene en sí mismo la capacidad de pensar, y a nosotros nos corresponde enseñarle a pensar bien. A nuestro alrededor hay realidades que, en sí mismas, no tienen poder de iniciativa, como un martillo, una piedra, unos zapatos... Estos “objetos” están frente al hombre, le son distintos, externos y extraños, y él puede analizarlos sin comprometer su propio ser. Sin embargo hay otras realidades que, aun presentando las mismas características que un “objeto” –ocupan un lugar en el espacio, son mensurables, asibles, etc...-, en cierto sentido son indelimitables. Por ejemplo, una persona. En cuanto ser corpóreo, puede ser pesada, medida, tocada..., pero ¿puede delimitarse lo que abarca en el aspecto familiar, el ético, el religioso, el afectivo...? Está claro que no, pues el ser humano, aunque tiene una dimensión objetiva, constituye todo un ámbito de realidad. 
Y la misma diferencia existe entre los meros hechos de la vida cotidiana y los acontecimientos. Cada día aterrizan cientos de aviones que realizan travesías intercontinentales. Pero, la primera vez que un avión consiguió sobrevolar el Atlántico, su hazaña supuso todo un acontecimiento de enormes repercusiones para el futuro. A diario disfruta el niño del amor abnegado de sus padres, de sus cuidados y atenciones. Pero hay un día al año de resonancia muy especial: el aniversario de su nacimiento. Constituye un ámbito de agradecimiento, porque un día vino a la existencia; de alegría, porque ahora forma parte de la familia; de gozo, por poder compartir la vida con él. Es la fiesta de la participación en el hogar. 
Si vemos todo borrosamente y no distinguimos unas realidades de otras, empobrecemos peligrosamente nuestra existencia, pues sólo los ámbitos pueden encontrarse entre sí, no los objetos. Con meros objetos no podemos tener experiencias de encuentro, que son las que llevan al hombre a su realización personal. Por eso, lo decisivo en la vida es elevar todo lo posible los objetos a condición de ámbitos, y evitar en toda circunstancia practicar el reduccionismo, que consiste en reducir de valor las realidades y acontecimientos de la vida. 

Dimensiones de una inteligencia madura 

La distinción aquilatada de los diversos modos de realidad encierra una extraordinaria importancia pedagógica, pues nos encamina por la vía de la madurez humana. Al ajustar su mente a cada tipo de realidades y acontecimientos, el niño descubre qué actitud corresponde a cada modo o nivel de realidad. Con ello, pone en tensión la mente y cultiva las tres dimensiones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud y profundidad. 

Largo alcance (ver más allá de lo inmediato) 

Debemos ejercitar la capacidad de superar las apariencias, penetrar en cada una de las realidades y captar su sentido profundo. Esto supone hacer justicia a cada realidad y reconocer en cada instante en qué nivel de realidad nos estamos moviendo. La mera libertad de movimientos puede parecer, a primera vista, la forma óptima de libertad, cuando la capacidad de movimientos es total. Pero una inteligencia de largo alcance penetra más allá de la apariencia y se percata enseguida de que la libertad de maniobra es una forma muy sencilla y pobre de libertad. El que sigue en cada momento la voz de sus impulsos y de sus apetencias más inmediatas, lejos de ser libre, es esclavo de sus propias pulsiones. La auténtica libertad consiste en elegir únicamente las posibilidades que nos ayuden a crecer como personas y alcanzar el ideal ajustado al ser humano. 

2. Amplitud (considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo) 

Para comprender el rango y el valor de nuestras acciones, debemos contemplarlas en el contexto concreto en que están inmersas. La relación sexual íntima, por ejemplo, es vehículo expresivo del amor entre dos personas. Pero, si se la desgaja de éste, se la vacía de sentido, se la rebaja de rango; del nivel 2 de la creatividad se la reduce al nivel 1 de la mera búsqueda de gratificaciones personales[2]. Esta forma de ver en conjunto constituye la segunda condición de la inteligencia madura: la amplitud. 

3. Profundidad (ahondar en la articulación profunda de las experiencias y descubrir su sentido) 

Una inteligencia penetrante tiende a conocer a fondo el lenguaje de la vida creativa, a tener una idea clara de la plenitud de sentido de cada término, de la densidad de contenido que le corresponde, de su verdadero poder expresivo. 
Al oír, por ejemplo, la palabra libertad, debemos ponerla en relación con todos los términos vinculados a ella: creatividad, valores, sentido de la vida, obligación, normas, cauces... Una inteligencia madura ahonda en las implicaciones últimas de cada realidad o suceso de la vida humana. 
Las tres dimensiones de la inteligencia exigen poner la mente en tensión para ver más allá de lo inmediato, considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo y poner de relieve su sentido. Una inteligencia madura supone el ejercicio de un pensamiento riguroso y la voluntad de vivir de forma creativa. 
Si aprende a reflexionar, a no quedarse en la primera impresión u opinión, el niño contempla las realidades con hondura y en su mutua vinculación. Al pensar con rigor, descubre las leyes básicas del desarrollo humano y prevé qué actitudes lo van a llevar a su plenitud como persona y cuáles, por el contrario, anularán la formación armónica de su personalidad. Así, es capaz de elaborar sus propios juicios de manera coherente y bien fundamentada antes de formarse una opinión o adoptar una actitud. Porque pensar con rigor no implica sólo dominar los preceptos de la lógica; supone una actitud colaboradora con las realidades del entorno. Por eso, estudiar cómo pensar con rigor nos lleva naturalmente a reflexionar sobre la creatividad. 

La creatividad 

Actualmente, en todos los ámbitos y especialmente en la escuela, se intenta fomentar la creatividad, que el diccionario define como “la capacidad de hacer surgir algo de la nada”. A partir de esta primera y elemental definición, la palabra se abre a un abanico de interpretaciones. Suele entenderse, ante todo, por creatividad la actividad de un artista que da a luz obras sobresalientes. Esto es cierto, pero no agota el significado del vocablo. 
Si queremos “educar en la creatividad” y que nuestro proyecto educativo sea coherente y eficaz, es indispensable clarificar debidamente qué implica la actividad creadora, qué exigencias plantea, cuál es su articulación interna. En primer lugar, la persona creativa ¿hace siempre surgir algo de la nada? Si entendemos que no hay una materia previa que sustente a la experiencia creativa, o que ésta no existía antes de que se la hiciera brotar, ciertamente surge de la nada. Pero una experiencia creativa no puede darse a solas; es fruto de una experiencia reversible; implica la apertura del sujeto creador a realidades de su entorno; no a meros objetos, sino a realidades que tienen rango de ámbitos. De ahí que la creatividad presente diversos grados, desde la actividad artística de los grandes genios universales hasta la de la persona más humilde y sencilla, que sabe distinguir los objetos de los ámbitos y crea relaciones de encuentro. 
Somos creativos cuando asumimos activamente alguna posibilidad que nos brinda la realidad y colaboramos a que surja algo nuevo dotado de valor. Asumir “activamente” quiere decir que ofrecemos, al mismo tiempo, nuestras propias posibilidades. Esas posibilidades recibidas permiten a nuestras potencialidades desarrollar capacidades propias. Y, como fruto de ese encuentro, se alumbra algo nuevo que encierra cierto valor. A solas, nuestras potencias tienen un radio de acción muy limitado, si es que tienen alguno. Una persona puede estar dotada de una gran capacidad para la interpretación musical; sus potencias le permitirían llegar a ser un virtuoso del piano, pero, si no tiene posibilidad de acercarse a tal instrumento, sus potencias no podrán desarrollarse. 

Saint-Exupéry recuerda un viaje en un tren repleto de gente de extracción social baja. Un niño pequeño dormía arrebujado entre sus padres. El autor francés se quedó mirando la carita del niño y recordó la figura del gran compositor Wolfang Amadeus Mozart. Y pensó que probablemente ese niño tuviera en sí potencias como para llegar a ser un gran músico, pero temió que la vida no le iba a ofrecer las posibilidades necesarias, con lo cual sus potencias quedarían ahogadas en agraz. Después de una larga reflexión, cuando el escritor separa ya definitivamente los ojos del niño, en su fuero interno lo considera como un “Mozart asesinado” (“Mozart assassiné”)[3]. 
Ser creativo significa que uno está abierto a las realidades del entorno, se esfuerza en captar sus diversas posibilidades y está dispuesto a entrar en relación de trato con ellas y dar lugar a realidades nuevas y valiosas: obras de arte, tal vez, pero también toda suerte de experiencias reversibles y, sobre todo, relaciones de encuentro personal. 
Además, y esto encierra enorme importancia para la educación de los niños, el ejercicio de la creatividad desarrolla al máximo en el hombre la capacidad de admiración. Ésta constituye el antídoto de la tendencia al reduccionismo, a reducir el valor de cuanto nos rodea y amenguar, así, nuestra capacidad creadora en todos los sentidos. La quiebra de la creatividad nos lleva al escepticismo, al nihilismo y consiguientemente, al absurdo. Debemos esforzarnos en enseñar a los niños a admirar lo valioso, para que se abran a los valores en actitud creativa, y se entusiasmen con ellos al sentir que los llevan al cumplimiento de su propia vocación: ser personas en plenitud. 

La creatividad suscita entusiasmo por los valores, y éstos a su vez potencian la creatividad. Si no se propicia que el niño se abra activamente a las realidades valiosas que se le ofrecen, no sentirá entusiasmo. Sin entusiasmo no tendrá motivación alguna para cumplir las condiciones del encuentro. De éstas depende toda relación de intimidad entre esa realidad valiosa y él. Sin tal intimidad, la realidad valiosa se le aparecerá como extraña, y no le interesará, le dejará indiferente. La indiferencia lleva al hombre al desinterés y la apatía, actitudes ambas de efectos temibles que inquietan sobremanera a los educadores. 

Todos podemos ser creativos, al menos en el sentido de fundar vínculos valiosos con las realidades circundantes. Pero, para estar en condiciones de realizar experiencias creativas, debemos reconocer las realidades que son susceptibles de ofrecer posibilidades y distinguirlas de los meros objetos manipulables. Ello exige desarrollar un pensamiento riguroso. Si deseamos fomentar la creatividad, hemos de aprender a pensar bien, ya que creatividad y pensamiento riguroso se exigen mutuamente. 

Pensar bien significa básicamente penetrar a fondo en el núcleo de cada realidad o acontecimiento, y hacerles justicia, no violentarlos. Esto supone la utilización precisa de los vocablos adecuados a la cuestión que se está tratando, pues, de lo contrario, se traiciona la realidad, y la comunicación se empobrece hasta hacer inviable el encuentro. Una forma correcta de expresarse facilita la creatividad y el encuentro, mientras que una manera pobre o inadecuada de utilizar el lenguaje no sólo bloquea en el niño las posibilidades creativas sino que lo deja inerme ante los ardides de cualquier manipulador. 

Lenguaje y pensamiento están íntimamente ligados: es necesario un pensamiento riguroso para aquilatar bien el sentido de las palabras y frases que pronunciamos, para vincular los conceptos y dar razón de lo que creemos, y también, como es lógico, para saber qué significa e implica lo que hacemos. 

Una mente rígida, sin capacidad de profundizar, se quedará encapsulada en cada concepto. Por el contrario, el que vive creativamente es capaz de penetrar en el sentido del lenguaje creativo, que exige tensión de mente y estilo relacional de pensar. Pero la flexibilidad de mente no es innata, y aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa exige la ayuda de un método adecuado para educar la inteligencia, que implica tanto el análisis teórico como la entrega a actividades creativas[4]. 


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[1] Para todo el tema de pensamiento riguroso y creatividad, véase Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa, BAC, Madrid, 1998. 

[2] Para el tema del amor personal, véase A. López Quintás, El amor humano. Su sentido y su alcance. Edibesa, Madrid, 41992. 

[3] Cfr. A. de Saint-Esupéry, Terre des hommes, Folio, Gallimard, 1994, pp. 181-182. 

[4] En la obra de M. Ángeles Almacellas y Teresita Piscitello Educar la inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y el cine (Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000) se expone ampliamente esta propuesta educativa. 

TOMADO DE:http://arvo.net/la-educacion-y-el-colegio/educar-la-inteligencia/gmx-niv138-con10276.htm